martes, 6 enero, 2026
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Trump no sabe lo que ha hecho

Afirmar que Trump no sabe lo que hace peca de redundante, es una obviedad que no merece ni una línea. Más extraño resulta comprobar que Trump no sabe lo que ha hecho. No en cuanto a las consecuencias de cargarse a Venezuela a las espaldas como si fuera Irak, porque eso supone que no sabe lo que hará, sino en la literalidad de ignorar el desarrollo del secuestro ya culminado del matrimonio Maduro.

Trump demostró que no sabe lo que ha hecho al comparecer con claros síntomas de agotamiento tras la decapitación del chavismo, en su auténtica Casa Blanca de Florida. La audiencia descubrió los párpados del Donald, porque siempre mira a la cámara y en esta ocasión le sugirieron que bajara los ojos para leer con aplicación los folios que describían la «extraordinaria» extracción. Por supuesto, abandonó el guion en cinco minutos, para lanzarse a la improvisación que ha sacudido al planeta. Prometió más países bombardeados, no descartó una segunda operación militar en la geografía ya atacada, desacreditó a la santa patrona María Corina Machado de PP y Vox por robarle protagonismo con su Nobel de la Paz. Y fue más allá de tomar las riendas en Caracas, porque no habló de gobernar un país inmanejable sino de someterlo a Washington en una ocupación teledirigida. Sin mancharse las manos.

Nada de lo anterior obedece a las leyes de la lógica, porque Trump no tiene sentido, solo doscientos millones de votos en tres elecciones consecutivas. Le importa tan poco Venezuela que en apenas diez minutos ya estaba interrogando a sus secuaces enmudecidos sobre la cifra de muertos ¡en las calles de Nueva Orleans! A Marco Rubio y al descerebrado Pete Hegseth, a quien utiliza el presidente de escudo por si sus desmanes bélicos cursan con responsabilidades penales, les costaba disimular la situación embarazosa.

La Venezuela que acuñó su primera Constitución en 1811 le parece a Trump otro país despreciable, como los doscientos restantes. Los eruditos hablan de la resurrección de la ‘doctrina Monroe’, que establece que América delSur es propiedad de la ‘America’ (sin acento, por favor) del Norte como su propio nombre indica. Sin embargo, el actual presidente pronuncia incluso erróneamente el nombre de su antecesor, como si no lo conociera y por tanto no mereciera ser conocido. Nadie puede compartir la gloria del emperador, a la derecha española se le olvidó recordárselo a Machado.

Una consecuencia lógica de lo anterior consistiría en denunciar a Trump como campeón del absurdo dadaísta. Por desgracia, el progresismo no se felicita de que su amada Delcy Rodríguez sea ahora promovida desde Washington en contra de la oportunista Machado. La moralina de Ione Belarra anuncia que Hitler gobierna el planeta, y la moraleja de Sánchez establece que debe seguir eternamente en la Moncloa para evitar una reproducción española del trumpismo.

Desde la frialdad, habría que alabar cuando menos el potencial irónico de un presidente de Estados Unidos que saca de sus casillas a la ultraderecha (Vox, pero también Marine Le Pen en un tuit impecable), al PP (Feijóo balbucea su pasión por la otra Corina), al PSOE (el líder socialista habla de «internacional ultraderechista» ultrajando un término marxista), a Sumar (la tópica «agresión imperialista» de Yolanda Díaz) y a Podemos. Para cerrar el círculo, Trump es el fruto inevitable de la pobreza expresiva transversal consignada en este párrafo.

Un restaurante del Greenwich Village neoyorquino abre su carta con el tuit que le dedica un gastrónomo distinguido, «Waverly Inn, la peor comida de la ciudad, Donald J. Trump». El establecimiento tiene la decencia de reconocer que hasta un ataque trumpista es la mejor publicidad imaginable. Con la excusa de Venezuela, los políticos españoles fingen indignarse de los desmanes del presidente estadounidense para aprovecharse de su protagonismo infinito y bañarse en su gloria, pero sin reconocer la artimaña.

Pese a la imposibilidad de aislar al planeta de su actor principal y casi único, Estados Unidos ha desarrollado a la perfección en Caracas una operación militar que se corresponde con las ‘extraordinary renditions’ implantadas por la CIA de Bush tras el 11S. A saber, se secuestra y traslada sin ninguna intervención judicial a un presunto terrorista. La novedad consiste en que se le encause en Nueva York, porque el Guantánamo que ni Obama ni Biden clausuraron se concibió para ahorrarse juicios engorrosos. Claro que Trump no desea privar a la audiencia del proceso más espectacular de Estados Unidos desde O.J. Simpson.

En fin, nadie se atreve a decirle a Trump lo que tiene que hacer. Por lo visto cuando comparece adormecido para recitar su habitual puré de amenazas narcisistas, tampoco tienen el coraje de explicarle al presidente lo que ya ha hecho. Esta es la garantía de que seguirá haciéndolo, en un planeta sin rumbo donde Trump es la medida de todas las cosas.

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