martes, 6 enero, 2026
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La España de los 90 según David Pascual: crimen, tele y miedo a mirarnos al espejo

Una niña desaparece camino de una discoteca en un pueblo del interior de la provincia de Valencia. Estamos a principios de la década de los 90. No hay cadáver, no hay culpables claros, no hay respuestas. Pero sí hay cámaras. La llegada de las televisiones nacionales convierte la tragedia en espectáculo y al pueblo en escenario. Carne, la nueva novela de David Pascual aka Perfumme, no cuenta un crimen, cuenta lo que ocurre alrededor de él. Y, sobre todo, lo que nos ocurre a nosotros cuando algo es demasiado terrible para ni siquiera intentar asumirlo.

Aunque parte de los códigos del thriller y del terror, Pascual insiste en que la pregunta central del libro es otra: «¿En qué nos convertimos como sociedad cuando sucede algo inasumible?». Para responderla necesitaba una estructura de novela más o menos convencional, casi por primera vez en su carrera. Cinco puntos de vista -una periodista, una policía recién abandonada por su novia, el hermano de la desaparecida, un alcalde y una niña vidente- permiten observar cómo la televisión fagocita el relato y modifica la percepción que el propio pueblo tiene de sí mismo.

Esa claridad estructural hace que Carne sea, probablemente, su novela más accesible, sin renunciar a las obsesiones que recorren toda su obra. «Creo que es la primera vez que empiezo una novela sabiendo muy bien cómo iba a funcionar. Yo suelo escribir de manera muy intuitiva: empiezo sin tener claro qué estoy haciendo. Aquí, en cambio, sabía de qué quería hablar, cómo terminaba y cómo se articulaban los puntos de vista. Todo eso ha hecho que el relato sea más accesible, aunque quien me haya leído reconocerá mis obsesiones», explica Pascual a Levante-EMV.

Crímenes y Chiquito

La novela transcurre en los años noventa, un momento clave en la historia reciente de España: el instante en que la televisión de entretenimiento empieza situa los sucesos como parte fundamental de su engranaje. Pascual pertenece a la generación que vivió ese cambio desde el sofá. «Mi preadolescencia coincide con el momento en que la televisión de entretenimiento empieza a absorber el crimen -recuerda-. En un mismo programa podías ver a Chiquito de la Calzada y cinco minutos después hablar del crimen de Alcàsser«.

Aunque asegura que aquel fue un momento «muy concreto» de la televisión, el autor de Carne también advierte contra la tentación de pensar que aquello pertenece al pasado. El tratamiento mediático de tragedias recientes demuestra que la lógica sigue siendo la misma: horas y horas de contenido que hay que rellenar, incluso a costa del dolor ajeno. La diferencia es el envoltorio. Hoy el crimen se reviste de prestigio cultural bajo la etiqueta de «true crime», uno de los géneros más rentables para las plataformas. Para Pascual, ahí reside una de las mayores perversidades contemporáneas: convertir en ficción hechos reales, a menudo recientes, con víctimas y familiares vivos. «No son documentales, son productos de ficción basados en la realidad», insiste, y por eso reclama una ética que casi nunca acompaña a los algoritmos.

En Carne, como ya ocurría en Gordo de porcelana, una de sus anteriores novelas, el crimen de Alcàsser aparece como un eco inevitable. No como reconstrucción morbosa, sino como herida generacional. Tal como señala Pascual, para quienes crecieron en los noventa, aquel caso marcó la entrada abrupta en una violencia incomprensible. «Para cualquiera de mi generación fue un trauma que con el tiempo hemos racionalizado -señala-. Hoy no me interesa tanto el crimen en sí como todo lo que se generó alrededor: los medios, la política, la policía. Ahora tenemos distancia para analizar qué pasó alrededor de Alcàsser».

Esa distancia, concluye, es la que le permite ahora escribir desde otro lugar. Carne culmina en un programa especial en directo que reúne a todo el pueblo en una plaza pública y reclama la pena de muerte para los culpables imaginados. La escena remite de forma directa al célebre programa de Nieves Herrero, convertido ya en símbolo de una época. Aunque hoy se perciba como algo impensable, Pascual no está tan seguro de que estemos tan lejos. «Algunas cosas no pasarían, como la presencia de niños, pero otras siguen ocurriendo. La espectacularización no ha desaparecido: se ha extendido incluso a la política, con formatos de entretenimiento que sustituyen a la información».

El peligro de la masa

Uno de los ejes centrales del libro es la idea de que, ante la tragedia, necesitamos convencernos de que el monstruo no puede ser «uno de los nuestros». Esa negación colectiva alimenta teorías extravagantes y justifica la deriva violenta del grupo. En la novela, el colectivo resulta siempre más peligroso que el individuo. Pascual cree en lo común, pero desconfía de la masa: las olas de opinión, amplificadas por la televisión, son difíciles de frenar. El pueblo, al verse a sí mismo a través de la pantalla, deja de contarse desde dentro.

El humor, una constante en la obra del autor, actúa aquí como mecanismo de defensa. No nace de las situaciones -profundamente dramáticas-, sino de los personajes, que ya están rotos cuando el lector los conoce. El humor, lejos de trivializar, desactiva el morbo y humaniza.

Carne es también una novela muy valenciana, aunque Pascual huye de cualquier mitificación del territorio y de la época. «Yo recuerdo parques llenos de jeringuillas, la heroína, el sida. La televisión dibujaba unos años de Expo y Europa, pero la realidad cotidiana era muy distinta. Quería que esa textura estuviera presente». Esa tensión entre el relato mediático y la experiencia cotidiana atraviesa todo el libro.

Como en sus novelas anteriores, los personajes de Pascual hacen cosas reprobables y, aun así, despiertan empatía. Incluso el alcalde, el personaje más moralmente despreciable, necesita una grieta humana para sostenerse. Para el autor, esa ambigüedad es esencial. «Todos somos una mezcla de cosas buenas y malas. Si el personaje es creíble, el lector irá con él hasta el final, aunque lo haga todo mal».

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