Quién nos iba a decir que en toda esta yincana de comidas copiosas que nos ofrece la Navidad, la más indigesta ha sido la del tres de diciembre. De hecho, tardaremos mucho en digerir las consecuencias de este ejercicio de prepotencia que ha arrumbado con las fichas del tablero internacional, como un niño caprichoso que se cansa de las reglas del juego. Les sugiero dos nombres para evitar hiperventilar mientras hacemos la digestión: Coppola y Vargas Llosa. «Megalópolis», la última obra del autor de Apocalypse now, ha sido vapuleada, y con razón, por la crítica; pero el tarro de las esencias siempre está disponible para la inspiración de un genio. Aunque fallida, «Megalópolis» ha querido ser la traslación de la Roma imperial a la América actual, como si el trumpismo fuera una derivación perdida de la dinastía Julia-Claudia. Y veo cómodo a Marco Rubio -un nombre muy romano- en el papel de Sejano. De hecho, puede imaginarse al Secretario de Estado saboreando en una terraza de La Habana la tarta de cumpleaños de Hyman Roth de aquella Cuba precastrista, cuando Michael Corleone se llevaba el trozo más grande del pastel. Ironías del destino, señor Coppola: uno de la estirpe de quienes huyeron de los barbudos de Fidel, puede convertirse en hijo adoptivo del emperador para arrasar la isla.
El otro nombre es Vargas Llosa. Podíamos recrearnos en «La fiesta del Chivo» pero vayamos a tiro hecho a «Tiempos recios», la minuciosa descripción del intervencionismo de los yanquis para derrocar al presidente guatemalteco Jacobo Árbenz por importunar a la compañía norteamericana United Fruit, y vivificar más que nunca, gracias a los intereses de la fruta, el sambenito de las Repúblicas bananeras. Ese cliché de patio trasero, donde se acopian las cajas de botellas brindadas para la humillación y el desprecio, ya lo probamos los españoles con la falaz propaganda del hundimiento del Maine; y los chilenos, dejando a Allende martirizarse con un casco y un jersey de cuello vuelto.
A Trump le sobra el minué de la democracia, como si esa elisión de hipocresía con la que edulcoraron intervenciones anteriores hiciera menos abyecta su causa. Su compasión es la del macho alfa que, una vez saciado el estómago, deja a sus supuestos aliados ronzar los restos de la carroña. El chavismo no ha muerto; solo se transforma, gracias a la energía del absurdo y del petróleo, sabedor el emperador que la sumisión es más fácil a través de la corruptela. Cada país digiere en clave interna este atropello del derecho internacional; un golpe de suerte para el sanchismo, pues le permite condenar esta agresión mientras mantiene un hilo de comunicación con la protagonista de aquellas maletas en la zona de tránsito del aeropuerto de Barajas. Peor lo tiene el PP con los equilibrios de la docilidad, más aún cuando se imaginen el rictus de María Corina Machado.
Mal lo tiene Europa si no quiebra su narcisismo, pues Groenlandia será la siguiente pieza del emperador insaciable. Para distraerlo, algunos optan por la inteligencia del bufón o la astucia de Talleyrand, esa en la que se ha colocado Infantino para sobrevivir en los nauseabundos oropeles de la FIFA. No me olvido de Maduro, el patetismo del villano caído con la gorra abierta a ambos lados como las orejas de Mickey Mouse. Lo han traído encadenado como Yugurta, aquel rey númida que traicionó a Roma; la alegoría del poder espejada en los grilletes del derrotado. Trump tendrá su inmortalidad esculpida en una estatua de bronce, que durará lo que quieran los caprichos de nuestra insignificancia. Pero a buen seguro, sobre ella, como todas las demás, se cagarán las palomas.
*Licenciado en Derecho, graduado en Ciencias Sociales y escritor
