Hubo una edad feliz de llameante escritura y noches encendidas en gin-tonics en que, de vez en cuando, en cualquier columna, incluía «El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos», una frase muy mítica de una película, Casablanca, que es recordada por sus frases míticas. Era una rúbrica que casaba bien siempre, y lo sigue siendo. Daba igual que hablara de política o un libro de poemas: el mundo siempre se está derrumbando y nosotros nos seguimos enamorando. Hoy, sin embargo, cuando me he sentado a escribir, aún rodeado de los adornos navideños de mi casa en Madrid -porque, como me enseñó Pablo García Baena, no hay que retirarlos hasta la Candelaria-, tengo la sensación de que el mundo se está derrumbando de verdad. La semana que viene, el 14 de enero, se cumplen siete años de su muerte, como el pasado 6 de enero, Día de Reyes, se ha cumplido el quinto aniversario del asalto el Capitolio, en Washington, por una muchedumbre de seguidores de Donald Trump, después de su discurso sobre el presunto fraude electoral.
Cinco años después, el mismo Donald Trump es presidente de Estados Unidos, ha entrado en Venezuela para secuestrar o detener -según la versión ideológica de la historia- a su presidente, Nicolás Maduro, ha anunciado que Estados Unidos se va a quedar entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo venezolano y amenaza con robar Groenlandia a Dinamarca porque le sale de los cojones. Es decir: después del desembarco de Normandía, con su ejemplo de generosidad y dureza, y la derrota de Hitler, en esto ha quedado la autoridad estadounidense en el mundo. Pero la culpa no es únicamente suya: Europa, en una elusión más, ha renunciado a tener una defensa propia, y ha confiado siempre en una generosidad que se daba por hecha. Mientras tanto, respecto a la detención o secuestro de Nicolás Maduro, ya resulta evidente que sólo quienes se han beneficiado, de una manera u otra, más chorizos o menos, más corruptos o menos, más miserables o menos, de su régimen dictatorial de vileza, hoy lo pueden seguir justificando.
Vamos de populismo a populismo, como en España. Y quienes han jaleado y promovido por aquí el chavismo, y han bailado al son grotesco de Maduro, mientras se torturaba y asesinaba a ciudadanos críticos, deben ser recordados. Frente a la doctrina Monroe y su apropiación del continente, yo me acuerdo de Kennedy: «Conciudadanos del mundo: no pregunten qué puede hacer Estados Unidos por ustedes, sino qué podemos hacer juntos por la libertad del hombre». Juntos. O, en el decir de Unamuno, no sólo imponiendo, sino persuadiendo. Y, aunque hoy sea más utópico que nunca, una visión del derecho -en este caso, internacional- como poesía suprema de los hombres.
*Escritora
