SEGOVIA
“Nadar contra la corriente”. Esta es la definición más clara e inmediata que brota de los labios de Arancha González Laya cuando explica el concepto de soft policy, el modo de comprender y de ejercer el poder, no solo desde las instituciones de gobierno, por el que aboga. “En un mundo donde la geopolítica se ha impuesto, donde el poder, sobre todo el militar, tiene cada vez más peso, corremos el riesgo de olvidarnos de otros poderes que tienen los Estados y que tenemos los ciudadanos. Vivimos en un mundo cada vez más hostil y el poder blando, otro modo de denominar a la soft policy, es el poder de la cultura, de la lengua, del deporte, de la gastronomía, el poder de la cooperación internacional, el poder de la empatía”, explica González Laya (España, 1969), decana de la Escuela de Asuntos Internacionales de París en Sciences Po.
Jurista y diplomática, González Laya fue subsecretaria general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y ministra de Asuntos Exteriores de España, gestión que ocupó desde el inicio hasta el fin de la pandemia de Covid-19.
“En un mundo interdependiente como en el que vivimos, una política de ayuda al desarrollo es un elemento que garantiza tu seguridad. No necesitas solamente un poder militar, también necesitas utilizar este poder blando. Aquí hay evidentemente un elemento de generosidad hacia los demás, pero también de interés propio”, explica. González Laya enumera algunos ejemplos de esta política, como campañas de vacunación o de alimentación en sitios donde los países extranjeros que impulsan estas iniciativas las trasladan también a sus ciudadanos, de modo que crece así su esfera de influencia. González Laya conversó con LA NACION en el marco del Hay Festival Segovia y allí analizó las distintas batallas a las que se enfrentan las democracias y el lugar que ocupa América Latina en un contexto mundial tan convulso.
La cultura se ha convertido en un campo de batalla y una embajadora única en el mundo, impulsada por las redes sociales. Gonzáles Laya menciona las virtudes de que una estrella mundial como Dua Lipa visite el Museo del Prado y grabe un TikTok desde aquella pinacoteca, el mensaje que envía desde España al mundo. “En un momento en el que se busca imponer a través del poder, aplastar, conquistar, la cultura también se convierte en un terreno de conquista. “Es verdad que hay algunas universidades en el mundo donde se ha evitado hablar de determinados temas, o donde se cancela tanto desde la izquierda como desde la derecha. Una universidad tiene que ser el lugar donde se confrontan las ideas. A mis estudiantes les digo que lo más fácil es negociar y llegar a un acuerdo. Lo más difícil es aprender a vivir en desacuerdo, pero quien aprenda a vivir en este último tiene un valor añadido que no van a tener los demás”.
Las democracias padecen en el presente un cuadro que González Laya explica con la metáfora del colesterol, un cuerpo vivo en el que por sus venas se acumulan desilusiones, ataques a sus contrapesos desde sus propias entrañas y embates externos: “Las autocracias aprovechan cualquier resquicio para poner siempre en valor la capacidad de las democracias de generar resultados positivos, de su eficiencia. Lo vimos durante el Covid, cómo China y Rusia nos daban lecciones de cómo gestionarlo y decían que las democracias no estaban adaptadas para gestionar una calamidad nacional”. A su vez, González Laya se refiere a los discursos de odio y a la agresividad cada vez más lacerante en la arena política, un hecho que genera una espiral de violencia: “Se mueve así a la ciudadanía a un grado de polarización, con un mensaje de pseudo-justificación de la violencia y de comportamientos violentos que acaba desencadenando más violencia”.
“Es verdad que la Unión Europea (UE) hoy se siente más sola y que tiene que hacer un esfuerzo muy grande de integrarse, que es la única manera de sobrevivir. Y también es cierto que dentro de la UE hay fuerzas políticas que no quieren la integración”, dice González Laya sobre el presente de un bloque que supo ser tan sólido. También señala al principal aliado de la UE, los Estados Unidos, con el gobierno de Donald Trump, como el motivo principal de esta crisis.
Otra de las guerras que preocupan a la diplomática es el avance de la inteligencia artificial (IA). “Vemos cómo ha impactado su desarrollo en la economía, la sociedad, las empresas y en la ciudadanía. No me gusta ser alarmista, porque en realidad es otro paso más en el progreso tecnológico de la humanidad. Pero tampoco tenemos que ser naives, imaginándonos que la IA va a generar beneficios para todos y en todos los lugares. Hay aspectos extremadamente peligrosos de la IA que tenemos que ser capaces de identificar y de regular. La IA utilizada en las redes sociales puede inducir a los adolescentes a cometer suicidios. Esta discusión no debe ser antipática con las empresas tecnológicas, sino proteger a nuestros ciudadanos frente a riesgos de la IA”.
