domingo, 25 enero, 2026
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Dolor y amor bajoel cielo de Adamuz

Las catástrofes, las causas que las producen, la fatalidad que las desencadena, el inmenso dolor que provocan, la ira y la rabia contenida, las mil interrogantes que pueblan mentes y conciencias, el terrorífico paisaje de un choque de trenes, «vivido en la plataforma de las entrañas» y que un poeta, Blas de Otero, pareció describir, teniendo en cuenta la fragilidad de la condición humana, en un puñado de «versos proféticos»: «Luchando cuerpo a cuerpo con la muerte / al borde del abismo estoy clamando / a Dios. Y su silencio, retumbando, / ahoga mi voz en el vacío inerte». Aquella noche fatídica, el dolor y el amor se abrazaron bajo el cielo de Adamuz, en el silencio estremecedor de tantas víctimas, en el urgente resonar de los móviles que no ofrecían respuesta, en las tinieblas de las personas sin vida, y junto al horror, la solidaridad creciente de todos los habitantes de un pueblo, ofreciendo no sólo las ayudas materiales sino los latidos más hermosos de una solidaridad generosa y sacrificada en la alta madrugada sobre unas vías rotas y deshechas. Fueron llegando los Equipos de Emergencias, los servicios sanitarios, autoridades locales, provinciales y regionales, y esos héroes anónimos que rescataban personas, curaban heridos, alentaban y ayudaban a paliar tanto dolor. Entre ellos, «un ángel llamado Julio», que nos dejó estas palabras provocadoras en esta hora: «No sé cómo lo hice, mi cuerpo era otro, no podía parar de ayudar a la gente».

Después, en la visita de los Reyes al lugar de la catástrofe, Felipe VI quiso conocerlo en persona. «Tú eres Julio, ¿verdad?», pregunta a pie de vía la jefa de protocolo de la Casa Real. «Ven conmigo y que nos acompañen tus padres». A los tres los sitúan en el centro de una larga fila conformada por operarios, autoridades y servicios de Emergencia. De frente, los raíles y dos vagones del fatídico Iryo. Los Reyes avanzan saludando hasta llegar al más joven. «He leído tu historia», le dice el Rey al adolescente. «Veo en ti reflejada la juventud de España», añade frente al joven de 16 años que afronta con humildad y su ya característica templanza las palabras que le brinda el Jefe del Estado. Julio comienza a detallar lo vivido y señalar los vagones, frente a la atenta mirada y el silencio de los monarcas, «amables y bastante comprensivos», que escuchan con atención, según la crónica de las periodistas Candela Ibáñez y Elena Iribas. Quisiera también destacar la presencia del obispo de Córdoba, don Jesús Fernández, quien se desplazó la mañana del lunes a Adamuz, para mostrar la solidaridad de la Iglesia local y de la Diócesis de Córdoba con las familias, especialmente con aquellas que han perdido a sus seres queridos. El pastor diocesano nos dejó su mensaje: «En estos momentos nos hace falta fe para seguir caminando»

No es fácil la reflexión que nos haga ver la luz en medio de las tinieblas del misterio que subyace en toda existencia humana y su carácter precario: «Todo lo que es puede dejar de serlo, un delgado hilo nos mantiene vivos. Vivimos sobre el abismo de la nada». Por eso, esta tragedia ferroviaria, todas las catástrofes que nos asolan, nos invitan a pensar muy en serio que «en el hombre no se da sólo la experiencia de la finitud, sino tambien la esperanza de la infinitud». Nuestro esfuerzo se proyecta hacia delante, apunta a algo que pueda realizarnos en plenitud. Tenemos siempre hambre y sed de más verdad, de más justicia y de más felicidad. La realización de este deseo insaciable de una plenitud última, de una justicia perfecta y una verdad infalible es algo que el hombre no puede alcanzar por sí solo. Todo intento sería en vano. Lo «incondicionado y absoluto» se nos revela también en el amor. En una persona amada todo puede volverse nuevo de repente. En un instante puede parecernos que se suspende el curso de la historia y desde el centro mismo del tiempo tocamos la eternidad. Sólo Dios es capaz de dar respuesta a los anhelos de felicidad que tenemos. El filósofo francés Gabriel Marcel afirma: «Estar en el mundo quiere decir: ser querido por Dios». Y sólo en el misterio de Dios tiene respuesta el misterio del ser humano. Por eso, el poeta César Vallejo gritó con sus versos a la humanidad: «Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios, / como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡Yo no sé!».

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