Pasadas 72 horas del terremoto, cuando en Interior aún tiemblan réplicas del seísmo provocado por la dimisión y cese del comisario principal José Ángel González Jiménez como director adjunto operativo (DAO) de la Policía, en ese cuerpo de la Seguridad del Estado y en el ministerio, los que conocen al alto cargo acusado de violación se dividen entre quienes sostienen que se le ha sacado mal del cargo y no había que haberle dejado espacio para dimitir antes de que lo cesaran… y los que creen que, habida cuenta de algunas circunstancias que rodean a la querella presentada por su supuesta víctima, era prudente esperar a ver qué hacía el acusado y dejar un espacio, aunque fuera mínimo, para la presunción de inocencia.
Pero es más significativa otra discusión que ahora se deja ver, también por el oportunismo que siempre florece cuando ya ha pasado el toro: por un lado, los que nunca oyeron que el jefe operativo de la Policía estuviera implicado en una conducta tan grave como la agresión sexual y sostienen que jamás llegó a Interior algo parecido; por otro, los que ahora dicen que, “vaya, había rumores” sobre Ángel González, no como acosador, no como violador, pero sí como mujeriego.
Ambas discusiones tienen como protagonista a un viejo policía que ya no puede disiparlas porque desde las 13:20 horas de este jueves -el momento de emisión de una edición extraordinaria del BOE enmendando un inexplicable olvido en su confección- oficialmente no es el número 2 de la Policía, el jefe emblemático de los uniformados con poder sobre destinos y operaciones, sin oposición incluso por encima de él.
“Para cualquier policía, el DAO es un dios”, explica una de sus antiguas subordinadas, “y por su forma un poco ruda, directa y nada delicada de hablarle a la gente, también lo era para los políticos”, añade un ejecutivo civil del ministerio. “En algunas reuniones le hablaba a Marlaska o a Rafa [el ex secretario de Estado de Seguridad, Rafael Pérez] en términos muy francos: “Ministro, esto es una mierda… Hay que empezar de nuevo porque no hay por dónde cogerlo”, podía comentar acerca de un gran dispositivo policial.
Conexiones socialistas
El riojano José Ángel González (Aguilar del Río Alhama, 1959), «J» para los amigos del Cuerpo, cumplió 66 años el pasado mes de diciembre, y se ha ido diciendo que dejó el cargo “por no ensuciar” el nombre del cuerpo y poder “defenderme adecuadamente”, según ha explicado en televisión. El empeño es complicado, a la vista de las escenas más escabrosas de la penetración manual que relata la querella presentada al juez, y de su prólogo y epílogo llenos de presión y acoso a la supuesta víctima.
Vestido de civil, abrumado por los medios, el ya cesado jefe operativo de la Policía, a su salida de su casa este jueves. / EFE
Entre los que conocen la trayectoria del ex DAO son mayoría los que señalan una etapa clave de su carrera en Valladolid, porque fue en Castilla y León entre 2010 y 2014 donde fraguó dos apoyos políticos que le valdrían para que el director general de la Policía, Francisco Pardo, hombre de José Bono, le propusiera el nombre de González como DAO a un recién llegado ministro Grande-Marlaska.
Por un lado, la simpatía del comisario Segundo Martínez, jefe de Seguridad de Moncloa cuando era su inquilino el leonés José Luis Rodríguez Zapatero. (“Le atribuyen más influencia de la que realmente tuvo y de la que él mismo creyó tener”, discrepa una fuente veterana de Interior).
Por otro lado, Óscar López, hoy ministro para la Transformación Digital, y su entorno cuando era figura principal en la oposición socialista de Castilla y León, y conocido frecuentador de cenáculos en las noches pucelanas. En cócteles o ceremonias importantes aparecía también con el llamativo uniforme de gala azul marino el ex jefe de los antidisturbios, el ex jefe de Seguridad Ciudadana y el luego comisario provincial de Valladolid José Ángel González.
Operación quirúrgica
Puede que al comienzo de su mandato el suyo no fuera un nombre que trajera en cartera Marlaska, pero se ganó la confianza del ministro afrontando la primera misión política para la que fue ideado su nombramiento: purgar una cúpula policial afectada por el fenómeno de los espionajes del comisario Villarejo y la “policía patriótica” organizada bajo la égida de su antecesor en el cargo, Eugenio Pino.
No es que Pino y su sucesor fueran amigos, pero González se preocupó que la salida de los peones de Pino fuera suave, quirúrgica, “un vete, que te pongo en una embajada…”, explica gráficamente un ejecutivo de Interior conocedor del proceso. También ganándose el agradecimiento de algunos jefes policiales que, sabiéndose sentenciados con la llegada del nuevo gobierno socialista, le deben a González un tácito perdón.
«Ibas con él por Melilla y era como ir con Brad Pitt: todo el mundo le saludaba», relata una fuente de Interior
La tarea de limpiar las cloacas la afrontó González tratando de no crear quiebras por las que escaparan olores o, como explica esta fuente, “procurando amalgamar a la Policía, que no se disolviera la unidad del cuerpo”. Ciertamente, cerró -o casi concluyó- el proceso sin que surgiera, como en la Guardia Civil, un caso Pérez de los Cobos o un estallido como el del coronel Sánchez Corbí, destituido al frente de la UCO.
Campechano
Entre los que niegan cualquier rumorología previa sobre el alto cargo policial ya cesado, no faltan miembros de la junta de Gobierno de la Policía que no acaban de creerse las acusaciones de la inspectora de policía con la que González mantenía una relación amorosa, dado que la familia del ex DAO atraviesa duros momentos por una grave enfermedad que afecta a uno de sus componentes; ni quien, habiendo coincidido con él en multitud de ocasiones, sostiene: “Jamás le oí un comentario procaz, ni una expresión machista”.
Y eso por más que ese proceder caracterizó a la generación de la que él viene, los “botas” que se graduaron como capitanes en la Academia General Militar de los ochenta antes de convertirse en un jefe de los antidisturbios, de cuyo espíritu gremial bebió durante cuatro lustros. Gente curtida, “de chuletón”, que cuadra en la escena inicial que incluye la querella: “…sobre las 16:30 horas la víctima se une a la mesa del querellado y del comisario Óscar, en la que ambos ya estaban tomando la copa…”.
Durante la pandemia, cuando el Gobierno enviaba a sus principales jefes de seguridad a exponerse en ruedas de prensa, el DAO González tuvo un periodo de intensa exposición televisiva exponiendo el parte del día. / Jose Maria Cuadrado Jimenez
Con la caída del DAO González desde el puesto más alto de la Policía Nacional declina en ese cuerpo la influencia de los botas y los patrulleros, los mandos formados en la policía de calle, en las áreas de seguridad ciudadana, frente a un pretendido elitismo de los agentes de las áreas de información y policía judicial, económica o científica.
De ese espíritu manaba también su estilo de mando, basado en un liderazgo de trinchera. Fue jefe superior en la Melilla de 2014, donde se ganó popularidad en todos los sectores. “Ibas con él por la ciudad y era como si fueras con Brad Pitt -relata uno de su cercanos-: todo el mundo se acercaba a saludarle”. También los policías de a pie, conocedores de sus incursiones en soledad, sin escolta, en el complicado barrio -y territorio de exclusión- de mayoría musulmana de Barranco Seco.
Último detalle, el pasado 12 de diciembre en Valencia. Ceremonia de entrega de una bandera española a la Jefatura. Presente, el ministro; el DAO por detrás. Acabada a liturgia, los políticos y los mandos locales saludan a la gente importante… y González se cuida de acercarse a los uniformados que están custodiando el acto para estrecharles la mano, como un buen sargento. Respeto a la base, siempre.
Suya fue la anuencia con que los muy civiles agentes de la Policía Nacional participen en los desfiles militares del 12 de octubre, decisión tomada bajo el gobierno Rajoy en 2017, el año del estallido del procés, y no exenta de críticas en algunos sectores de la cúpula.
Y suya fue la idea, durante el socorro por la dana de de Valencia, de enviar, formados como en un batallón, con palas en las manos, a cientos de jóvenes alumnos de la Academia de Policía de Ávila. Solía decir: “Vamos, la Policía puede con todo”.
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