lunes, 7 septiembre, 2026
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Una parte del alma

Me sacaron la última muela del lado derecho de la mandíbula inferior, una pieza prescindible a efectos estéticos y masticables. Puedo olvidarla, en fin. Lo que me resultó sorprendente fue que esa pieza se hallara en un lugar tan recóndito. ¿Puede, en un espacio tan pequeño como la boca, haber lugares recónditos? Parece que sí. De este modo al menos lo percibía la punta de la lengua cuando viajaba hasta allí para degustar el sabor eléctrico de la cicatriz. Hay algo inquietante en descubrir que el propio cuerpo posee, en lugares cercanos, zonas remotas, como si dentro de uno hubiera provincias apartadas a las que solo se accede tras una expedición. La lengua, que hasta ahora yo consideraba un órgano doméstico, se reveló como un animal curioso y obstinado. Cada poco, emprendía un viaje hacia el cráter recién abierto haciéndome sentir una especie de nostalgia anticipada.

La boca, en efecto, es un apartamento antiguo, casi viejo, con demasiados inquilinos. Está ese músculo brutal que llamamos lengua, los huesecillos blancos que llamamos dientes, las glándulas salivares que trabajan sin descanso, y una multitud de bacterias que comienzan a descomponer ahí los alimentos para facilitar su digestión. Basta la ausencia de una muela para que todo el vecindario cambie de equilibrio. Tuve la sensación, en fin, de haber sido privado de un elemento autobiográfico. Una muela no es solo una parte del cuerpo; es también un trozo del pasado. Esa pieza estuvo presente en conversaciones decisivas, en comidas memorables, en silencios largos. Mordió pan, carne, palabras. Ahora yace en algún cubo clínico, convertida en residuo sanitario. Uno pasa la vida creyendo que las cosas que le pertenecen mueren con él, pero nos vamos a plazos.

Durante las horas de anestesia conviví con un rostro parcialmente ajeno. La sonrisa llegaba tarde a un lado. Pensé que quizá siempre hubiera sido así y que la anestesia lo hubiera sacado a la luz: somos una suma mal coordinada de órganos que fingen actuar al unísono. La cicatriz, entretanto, late discretamente. La lengua vuelve y vuelve, como quien comprueba que una puerta sigue abierta (o cerrada). Tal vez toda la vida consista en eso: en explorar los huecos que vamos dejando atrás y en aceptar que también ellos forman parte del alma.

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