sábado, 8 agosto, 2026
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La memoria que no pueden desaparecer. 50 años después

Crédito imagen: Ariel Esposito

Pasaron 50 años, pero la memoria sigue latiendo en cada marcha, en cada bandera y en cada voz que se niega a olvidar. Una vez más, el pueblo ocupó las calles para decir Nunca Más.

Contra el olvido y el ajuste

50 años. Medio siglo. Casi un cuarto de la historia de este país desde que se denomina Argentina. Es mucho tiempo y, al mismo tiempo, sigue siendo demasiado reciente. Hace 50 años se terminaba de nacionalizar el terror que ya venía gestándose con la Triple A. Hace 50 años se instauró un régimen que montó más de 800 centros clandestinos de detención y tortura, llevando adelante algunas de las aberraciones más horrorosas que las generaciones actuales hemos escuchado.

Sobran relatos de aquellas atrocidades que, aún hoy, siguen atormentando a muchas de las víctimas, que ni siquiera pueden pensar en la posibilidad de declarar. Pero, ¿realmente sobran? ¿Sobran cuando todavía hay quienes se expresan abiertamente como negacionistas, o incluso como reivindicadores de la dictadura? ¿Sobran cuando algunos de ellos gobiernan en nuestro país? ¿O cuando otros intentan disfrazar su postura exigiendo una supuesta “historia completa”?

Quizás no sobran si, a 50 años del golpe, hay quienes se enorgullecen como fanáticos de las cifras y cuestionan el consenso social, histórico y político que construyó la consigna de los 30.000 detenidos-desaparecidos. Y es justamente esa última palabra —desaparecidos— la que impide llegar a un número exacto (si es que realmente eso les importara a esos “sommelier” de la matemática). En nuestro país no solo hubo un genocidio: hubo un plan sistemático que no solo arrebató vidas, sino que buscó borrar identidades.

En el documento leído por los organismos de derechos humanos en el acto de unidad en Plaza de Mayo se expresó con claridad: “Cuando decimos que SON 30.000 hablamos de sus vidas, de sus luchas, de sus militancias y de sus compromisos con los pueblos oprimidos”. Porque detrás de esa cifra no solo se representa a quienes fueron arrancados por la dictadura, sino también las ideas y los sueños que defendían, incluso poniendo en riesgo sus propias vidas.

El golpe no fue casual ni azaroso. Fue un proceso planificado, con las Fuerzas Armadas como ejecutoras, pero con la complicidad activa de sectores eclesiásticos y empresariales. Su objetivo fue claro: exterminar a una generación de luchadores que había protagonizado hitos como el Cordobazo, el Villazo o las jornadas del Rodrigazo. Buscaban sepultar una vanguardia que no estaba “en algo raro”, como intentaron justificar algunos, sino que luchaba por un país y un mundo distintos. Mientras tanto, otros preferían hablar de “excesos” para encubrir una masacre organizada.

Pasaron 50 años y el pacto de silencio de los militares —a quienes la movilización popular logró juzgar y encarcelar— sigue en pie. Cobardes hasta el final, nunca asumieron sus crímenes ni respondieron a la pregunta que atraviesa generaciones: ¿dónde están?

Medio siglo después, con mundiales, guerras y un mundo que cambió múltiples veces, el grueso de los archivos sigue sin ser desclasificado. Esa es una responsabilidad que recae sobre todos los gobiernos que tuvieron la oportunidad de arrojar luz sobre tanta oscuridad y eligieron mantener cerrados los archivos en los cajones de la Casa Rosada.

Cinco décadas después, y salvando las distancias, volvemos a estar gobernados por quienes hablan de erradicar al comunismo, endurecer la represión frente a la protesta social y aplicar programas de liberalización económica “nunca antes vistos”. 

Se podría seguir escribiendo, sumando palabras o “chorreando tinta” —que, como vimos, nunca sobra—. Pero hay algo más potente: saber que, a 50 años de aquel día oscuro, fuimos cientos de miles en las calles. En Plaza de Mayo, sí, pero también en cada rincón del país. Haciéndonos escuchar de la forma más profunda que tiene nuestro pueblo: desbordando las calles, haciendo carne la memoria y transformando un feriado que para algunos se reduce a una mera conmemoración en una movilización histórica.

En tiempos donde supuestos profetas dan por perdidas las batallas antes de empezarlas, esa inmensidad reconforta, revitaliza, abraza, oxigena —elegí el verbo que prefieras— cada una de las luchas que atraviesan a nuestro pueblo. Mirar hacia atrás no es un ejercicio nostálgico: es encontrar la osadía y la valentía de quienes resistieron al terror y derrotaron a la dictadura. Que esa memoria nos llene de orgullo y fuerza para enfrentar, hoy, a los herederos de Martínez de Hoz que siguen intentando imponer su modelo, con nuevos métodos pero con los cómplices de siempre.

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