martes, 9 junio, 2026
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La pulseada de los gestos en la cumbre Trump-Xi

Donald Trump visita a Xi Jinping en Pekín. Ambos líderes buscan imponer sus prioridades en la agenda de negociaciones, con temas como apertura económica, aranceles, tierras raras, el Estrecho de Ormuz y Taiwán sobre la mesa.

La comunicación gestual, o no verbal, puede ser de mucha ayuda a veces. Sobre todo, en política internacional, cuando cuesta tener información de primera mano, o no hay posibilidades de un off the record. Esto sucede especialmente en política internacional, porque no estamos en el lugar, porque no podemos levantar un teléfono y hablar con los protagonistas. Ahí es cuando hay que analizar todo, lo que se dice entre líneas, lo que no se dice, y también las posturas corporales, las caras, todo.

Esto aplica a la visita de Donald Trump a China y sus reuniones con Xi Jinping, de las cuales está pendiente el mundo, ya que son las dos mayores potencias, y hay mucho en juego, sobre todo en torno a la guerra con Irán y sus graves consecuencias económicas y comerciales. En estos dos días de reuniones, las caras dicen mucho. Xi aparece siempre en las fotos sonriente, aunque no exultante, con esa tranquilidad que da la seguridad. En cambio, Trump siempre con gesto adusto, como enojado con él mismo, con la vida, con el mundo, como incómodo.

Hoy por hoy, el interés de Estados Unidos, tanto o más que el de China, es limar asperezas para beneficiarse con el comercio internacional. Trump lo debería entender, porque su país ya no es el hegemón que dominó el mundo luego de la caída del Muro de Berlín; hoy el mundo es multipolar y China, en muchos aspectos (económico, tecnológico, militar, y hasta en influencia política) ha superado a los Estados Unidos.

El presidente chino dijo, entre otras cosas: “China y los Estados Unidos pueden ganar con la cooperación y perder con el enfrentamiento. Deberíamos ser socios, no rivales… Deberíamos ayudarnos mutuamente a tener éxito, prosperar juntos y encontrar la forma correcta para que los grandes países se lleven bien en la nueva era… El éxito de uno es una oportunidad para el otro, y una relación bilateral estable es buena para el mundo… Los hechos han demostrado una y otra vez que en una guerra comercial no hay ganadores”. Mientras Xi decía este tipo de cosas, Trump miraba con gesto adusto y el ceño fruncido.

El presidente estadounidense viajó a Pekín acompañado por ejecutivos de algunas de las mayores corporaciones tecnológicas y financieras de su país, entre ellas Apple, Nvidia, Tesla, Meta, BlackRock, Boeing, Visa, Mastercard, Goldman Sachs y Citi. En la agenda de Trump también está comprarle a Pekín tierras raras, fundamentales para la producción de nuevas tecnologías, las baterías para vehículos eléctricos, las pantallas de los celulares y la industria bélica. China es el principal productor de tierras raras, con aproximadamente el 60% de la extracción, el 90% del procesamiento y el 95% del refinado a nivel global.

En materia de geopolítica, aparece como tema excluyente la guerra contra Irán que comenzó Estados Unidos, a instancias de Israel. Y, sobre todo, la situación del Estrecho de Ormuz, hoy controlado totalmente por Teherán. Trump espera que Xi pueda presionar al gobierno iraní para que abra el estrecho, por el que pasa el 25 por ciento de los hidrocarburos del comercio mundial. Por su parte, China tiene la capacidad de presionar a Irán para intentar eso, pero quizá no tenga la urgencia.

China, por su parte, impone un tema que considera esencial en su relación con Estados Unidos: el de Taiwán. Para Pekín, la isla es una provincia rebelde, parte inalienable de su territorio y de su unidad nacional. China espera que Washington cambie su actitud en torno a la “isla rebelde”, porque Trump sigue vendiendo armas a Taiwán y eso molesta sobremanera a Pekín. Al respecto, Xi fue clarísimo frente a Trump: “La independencia de Taiwán y la paz en el estrecho de Taiwán son incompatibles… Mantener la paz y la estabilidad en el estrecho de Taiwán es el mayor denominador común entre China y Estados Unidos”.

Un dato curioso a tener en cuenta: cuando se saludaron, el apretón de manos de los dos líderes fue inusualmente largo. Duró 15 interminables segundos, durante los cuales Trump intentó atraer la mano de Xi hacia su cuerpo sin éxito, y en dos oportunidades le puso la mano izquierda por encima. El chino mantuvo el pulso firme, sin inmutarse, y sin alterar su tranquila sonrisa.

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