viernes, 3 julio, 2026
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El fenómeno global de las remesas: un análisis económico y social para entender el mundo contemporáneo

Las remesas que envían los migrantes a sus países de origen alcanzaron en 2024 los 685.000 millones de dólares, superando la ayuda internacional al desarrollo y la inversión extranjera directa en muchos países. El fenómeno reconfigura las relaciones entre territorios, poblaciones y economías.

Durante el Mundial, se descubren o redescubren países que rara vez ocupan las primeras planas argentinas, como Senegal, Cabo Verde, Curazao y Uzbekistán. Sin embargo, existe otro campeonato global, menos visible, para comprender el mundo contemporáneo: el de las remesas.

Son por todos conocidas las transferencias de dinero que los migrantes envían a sus familias o allegados en sus países de origen. A primera vista parecen una simple operación financiera entre particulares, cada vez más fácil de concretar. Pero detrás de esos gestos cotidianos se esconde un significativo fenómeno económico, social y político.

Durante buena parte del siglo XX, las remesas ocuparon un lugar marginal en la economía internacional. Las migraciones respondían con frecuencia a episodios excepcionales, como conflictos bélicos, persecuciones étnicas o religiosas, hambrunas y crisis económicas profundas. Las comunicaciones eran más lentas y los costos de transferencia considerablemente más altos. Las dos Guerras Mundiales y posteriormente la Guerra Fría ralentizaron aún más la posibilidad del contacto. Muchos emigrantes terminaban integrándose definitivamente a las sociedades receptoras. Pero la globalización transformó radicalmente ese escenario. El transporte internacional, la internet, los teléfonos inteligentes y los sistemas digitales de pago permitieron mantener vínculos permanentes entre quienes se fueron y quienes permanecieron en sus países.

El resultado es impresionante. Según estimaciones del Banco Mundial, los países de ingresos bajos y medios recibieron durante 2024 alrededor de 685.000 millones de dólares en remesas. La cifra supera ampliamente la ayuda internacional al desarrollo y, en numerosos casos, constituye una fuente de divisas más estable que la inversión extranjera directa.

Como ocurre en el fútbol, existen varias maneras de puntuar el campeonato. Si se observa el volumen total de dinero recibido, los gigantes son India, con aproximadamente 129.000 millones de dólares anuales; México, con cerca de 68.000 millones; China, con 48.000 millones; Filipinas, con 40.000 millones; y Pakistán, con 33.000 millones. Son cifras que superan el producto bruto de numerosos países del mundo.

Sin embargo, la verdadera tabla de posiciones surge cuando se compara el peso de las remesas en relación con el tamaño de cada economía. Allí aparecen protagonistas inesperados. En Tayikistán, las remesas equivalen a casi el 48 % del producto bruto interno (casi uno de cada dos dólares que circulan en la economía nacional). Le siguen Nicaragua, con alrededor del 27 %; Nepal, con más del 26 %; Honduras, con cerca del 26 %; y El Salvador, con aproximadamente el 24 %.

En el continente africano tenemos muchos casos, algunos muy interesantes como el de Cabo Verde, donde los flujos alcanzan los 300 millones de dólares, 13,5% del PBI y 30% del total de depósitos bancarios nacionales, enviados por 700 mil emigrados (superan la población residente, unos 525 mil), instalados predominantemente en Portugal, EE.UU. y Francia. Senegal recibe remesas equivalentes a un 12% de su PBI, unos 2.500 millones de dólares. Buena parte de esos recursos procede de comunidades radicadas en Francia, España e Italia.

Sudamérica ofrece ejemplos reveladores. Según datos de 2022, el volumen de las remesas en Venezuela (un 8% del PBI enviado por una diáspora que representaba entonces el 18% de la población total del país) contribuía para disminuir en un 30% la tasa de pobreza de hogares beneficiarios (1,5 millones). En Colombia, 2 millones de hogares reciben más de 13.000 millones de dólares anuales (casi el 3% del PBI) provenientes de una diáspora que supera los cinco millones de personas, siendo el 90% enviado desde EE.UU y España. En Ecuador, constituyen una de las principales fuentes estables de ingresos del país (en momentos de alta volatilidad la más importante, por encima del petróleo crudo en 2025), representando el 6% del PBI, alcanzando a más de 1,7 millones de hogares por aportes, enviados casi en un 80% de EE.UU.

Entre los equipos del Mundial apareció Uzbekistán. El país centro-asiático recibe más de 16.000 millones de dólares anuales en remesas, cerca del 14 % de su PBI, enviados por migrantes empleados en Rusia (72%), Corea del Sur, Turquía y Kazajistán. El gobierno ha diseñado diversos mecanismos tendientes a la atracción y simplificación de obstáculos para estimular más flujo.

Mucho más que dinero

En estos países (son muchos más), parte sustancial de la economía nacional depende del esfuerzo cotidiano de ciudadanos que desarrollan su vida en jurisdicción extraña. Permite financiar calidad de vida y pequeños emprendimientos. Constituye una forma de protección frente a las crisis. Aportan divisas, fortalecen la balanza de pagos, sostienen el consumo interno y contribuyen a la estabilidad financiera.

Sin embargo, reducir las remesas a una cuestión económica sería un error. Cada transferencia expresa la persistencia de un vínculo. Es una manifestación de affectio. Los migrantes no sólo envían dinero. También transmiten experiencias, valores, expectativas y proyectos. Financian estudios, ayudan a construir viviendas, sostienen a vulnerables y participan de decisiones familiares o comunitarias a miles de kilómetros de distancia.

Por eso las remesas tienen una dimensión socio-política. Durante mucho tiempo se consideró que emigrar implicaba abandonar la esfera pública del país de origen. La realidad contemporánea demuestra lo contrario. Primero aparecieron las remesas y sus infraestructuras de servicios, que aceitan los vínculos. Después surgieron las organizaciones de migrantes. Más tarde llegaron los derechos políticos de las diásporas. Finalmente, en algunos países, los ciudadanos residentes en el exterior comenzaron a influir decisivamente en la elección de gobiernos.

Como se ha repasado en una reciente columna, las presidenciales 2026 de Perú y Colombia muestran precisamente esa evolución. Los mismos migrantes que durante años enviaron dinero a sus familias pueden incidir ahora en la definición de presidentes, legisladores y políticas públicas.

Esto obliga a replantear algunas categorías tradicionales. Formalmente, las remesas son transferencias privadas entre particulares. Sin embargo, la relación es más compleja. Quien remite pudo ahorrar gracias a su esfuerzo, en un ambiente de mayores o mejores oportunidades, aprovechando también los bienes públicos disponibles en el país donde trabaja. Quien recibe suele compensar déficits existentes en su lugar de origen, ya sea en materia de ingresos/egresos, vivienda, salud o educación. Detrás de una transferencia aparentemente privada aparecen dos Estados, ¿también dos modelos de desarrollo? ¿cómo inciden esos contextos en las personas que protagonizan el vínculo?

Argentina fue un país tradicionalmente receptor de inmigrantes. Pero en las últimas décadas, a partir de una creciente emigración de profesionales y jóvenes, la diáspora alcanzó más visibilidad social, política y económica, sin que el peso de las remesas alcance una dimensión significativa.

Las perspectivas para el período 2025-2030 sugieren que el fenómeno continuará expandiéndose mundialmente. Entre las causas cuenta el envejecimiento demográfico, la persistencia de desigualdades internacionales de ingresos, la reducción de los costos de transferencia, la persistencia de conflictos internos o externos y el cambio climático.

Pero la conclusión más importante revela que los elementos configurativos del Estado (territorio, poder y población) se reconfiguran. Millones de personas viven en un país y sostienen económicamente a otro, del cual no se desligan. Las comunidades “nacionales” mutan. Los vínculos familiares, sociales y culturales se mantienen a la distancia. Los ausentes ya no están realmente ausentes. Siguen presentes en las familias, las economías, en los padrones y cada vez más, en los destinos de los países que dejaron atrás.

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