sábado, 26 septiembre, 2026
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El ciclo de la ilusión presidencial y la decepción política

Un análisis sobre cómo las expectativas depositadas en cada nuevo presidente se renuevan cíclicamente, basado en conceptos psicoanalíticos y fenómenos de memoria afectiva.

“Las personas viven, en general, el presente con una cierta ingenuidad”, escribió Freud en su ensayo El porvenir de una ilusión. Refiriéndose a la religión, pero trasladable a cualquier creencia, explicaba que cuanto más insoportable resulta una realidad, mayor es nuestra necesidad de creer en algo que promete corregirla.

Se percibe el aplauso acrítico y casi unánime que recibe todo presidente cuando es electo y cómo, con el paso del tiempo, se transforma en defecto aquello que se le festejaba. Milei es el ejemplo actual, pero lo mismo les sucedió a todos los presidentes. Y lo que más sorprende es cómo esa ilusión se renueva con cada nuevo presidente que llega a reemplazar al anterior.

La decepción es entendible: el elector no vota solamente aquello que el candidato realmente es, sino aquello que necesita que el candidato sea. A todos ellos se les depositan deseos que exceden lo que objetivamente pueden realizar.

También es entendible que el problema surja cuando el candidato ejerce la presidencia dejando de ser una posibilidad para convertirse en hechos mensurables: salario, inflación, empleo, seguridad, impuestos, servicios públicos. El candidato pertenece al reino de lo posible, el presidente, al de lo comprobable. Y al existir investidura emocional, la decepción también es emocional, directamente proporcional la del final a la del inicio.

La transferencia serial de la ilusión se retroalimenta. Alfonsín encarnó la ilusión democrática de 1983. Menem, la salida de la hiperinflación y posteriormente la modernización de los 90. De la Rúa, honestidad y normalidad institucional. Néstor y Cristina Kirchner, reconstrucción después de 2001 y posteriormente transformación. Macri, normalización y modernización. Alberto Fernández, moderación y superación de la polarización. Milei, ruptura con la “casta”, estabilización y reconstrucción económica.

En las elecciones no se eligen presidentes, se eligen ilusiones, y gobernar es irremediablemente defraudar porque gobernar significa transformar una promesa ilimitada en resultados limitados. ¿Por qué, si en la vida amorosa, cuando un sujeto atraviesa varias decepciones, puede dejar de ilusionarse, en la política se produce la transferencia serial de la ilusión? El sistema democrático fabrica periódicamente con las elecciones una nueva oportunidad para la esperanza.

Así, el fracaso del presidente saliente no destruye necesariamente la ilusión presidencial, sino que la transfiere y el nuevo candidato nace precisamente de la decepción con el anterior. Paradójicamente cada desilusión produce la materia prima de la ilusión siguiente.

Al votar personas y no ideas, cada desilusión produce las condiciones de posibilidad de la ilusión siguiente: el problema no estaba en la ilusión, sino en quién intentaba realizarla. Y cada ilusión precisa ser mayor que la anterior. Otro elemento que explica la transferencia serial de la ilusión es el “fading affect bias” o “sesgo de desvanecimiento afectivo”, un fenómeno de la memoria autobiográfica por la cual el paso del tiempo disminuye la intensidad emocional asociada a los recuerdos negativos más rápidamente que la asociada a los recuerdos positivos como un mecanismo de defensa del yo. Así, el tiempo desgasta más rápidamente el dolor de haberse equivocado recreando la necesidad de volver a creer.

Es más fácil cambiar de persona que de ideas, que son mucho más limitadas. La esperanza no desaparece, cambia de destinatario. Y es el fracaso mismo quien más demanda una nueva ilusión. Un país estable precisa menos de un salvador porque la esperanza esta institucionalizada, un país en problemas renueva continuamente la apuesta a un salvador: “con este, sí”. Cuanto menos satisfactoria es la realidad, mayor puede ser la demanda psíquica de una representación esperanzadora de su futuro.

La espiral de ilusiones amplía el grado del péndulo: Milei es una forma más radicalizada de la familia de ideas de Macri, y Kicillof, de las de Alberto Fernández más Sergio Massa. Esta forma de competencia política podría terminar premiando promesas progresivamente más maximalistas. Esa polarización incremental no se da en países que se autoperciben en el camino correcto, allí cambian de gobierno mientras que los países crónicamente frustrados esperan cambiar de destino. Y cuando las instituciones pierden credibilidad, logicamente aumenta la demanda de líderes fuertes.

La ilusión funciona como un estabilizador social, pero a la vez de ser cierto que la renovación de la esperanza sostiene a la democracia, si durante bastante tiempo las decepciones se acumulan, terminan erosionándola. La radicalización de la esperanza en su devenir acorta los períodos de gracia de los presidentes.

Los ciclos son cuatro: primero, la alternancia que fortalece la democracia: “Este gobierno fracasó, elijamos otro”. El segundo es la transferencia de ilusión, donde se mantiene la legitimidad del sistema: “Los anteriores fallaron, este sí podrá”. El tercer tiempo es la radicalización que tensiona las instituciones: “Todos los conocidos fallaron, necesitamos alguien completamente diferente”. Y el cuarto y final es el agotamiento cuando la desconfianza es en la democracia: “Nadie puede solucionarlo, son todos iguales”.

Si cada cuatro años es necesario que la gente crea que “ahora sí comienza un país diferente”, hay un problema. El verdadero éxito político de un país no reside en cuánto entusiasmo produce cada nuevo presidente, sino cuánto menos necesite la sociedad entusiasmarse con él.

Milei enfrenta ahora los efectos secundarios negativos de su plan económico. A los ya conocidos la semana pasada de caída de actividad, consumo, empleo e inversión, se agrega ahora el aumento de la pobreza. ¿Es culpa solo de él o de quienes lo empoderaron?

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