miércoles, 4 marzo, 2026
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1975, el año que vivimos peligrosamente

En 1975 España vivía ya los síntomas de un cambio político, social y cultural que pese a la represión y a la censura se manifestaba a través de iniciativas que las nuevas generaciones iban trasladando de la clandestinidad al espacio público. En la sociedad se había instalado el inconformismo ciudadano a causa de la situación marcada desde 1973 por la primera crisis del petróleo en lo económico y el asesinato de Carrero Blanco por ETA en lo político, mientras los gustos culturales de los españoles registraban cambios importantes. Fue un año trascendental para la historia de España sobre todo porque en noviembre murió Francisco Franco, que había gobernado con mano de hierro el país durante cuatro décadas después de una sangrienta y traumática guerra civil. La muerte del dictador significó el fin de una época y la entrada del país en la modernidad en lo social y en la democracia en lo político, pero no fue la única noticia que aquel año contribuyó a dar por terminado un periodo histórico.

En abril terminaron las guerras de Vietnam y de Camboya, pero la de España parecía continuar porque el franquismo seguía fusilando. El 27 de septiembre cinco militantes de los grupos terroristas ETA y FRAP eran ejecutados sin que ni las exigencias de líderes políticos de todo el mundo ni las peticiones de clemencia del Papa Pablo VI a un régimen que se autodefinía como cristiano y católico conmovieran los designios de una dictadura que daba sus últimos coletazos (otro militante antifranquista, Moncho Reboiras, había sido asesinado en agosto). Las protestas de una sociedad conmocionada por aquellos fusilamientos y las manifestaciones ante las embajadas de España en las principales capitales europeas dieron aliento a una oposición que comenzaba a organizarse con eficacia.

El régimen se equivocó al pensar que con aquellas ejecuciones iba a erradicar el terrorismo. A partir de entonces ETA aumentó sus actividades de crímenes, secuestros y extorsiones y un nuevo grupo terrorista reivindicaba un atentado contra cuatro miembros de la Policía Armada. Se identificaba con las siglas GRAPO: Grupo de Resistencia Antifascista Primero de Octubre y había sido fundado en Vigo por militantes del Partido Comunista Reconstituido: Enrique Cerdán Calixto, Abelardo Collazo Araujo y Pío Moa Rodríguez. Para dar mayor sentido a su nombre, cometieron un atentado en Madrid el primer día de octubre, mientras se celebraba la última manifestación multitudinaria de adhesión al Caudillo. Antes, en agosto, ya habían asesinado al guardia civil Casimiro Sánchez García.

Los últimos fusilados por el franquismo. / FDV

Con Franco hospitalizado, el 6 de noviembre de 1975 Marruecos incrementó su presión sobre España organizando una Marcha Verde para reivindicar el territorio del Sáhara español e impedir su independencia tras el inicio de la descolonización propuesta por la ONU. Más de 300.000 marroquíes, entre ellos un gran número de militares camuflados entre la multitud, amenazaron con invadir el Sáhara por la fuerza si no se cumplían las exigencias de Hassan II, que contaba con el apoyo de Francia y de Estados Unidos.

Dos días después de la muerte de Franco era entronizado como rey Juan Carlos I, que mantuvo como jefe del gobierno a Carlos Arias Navarro, el último nombrado por Franco, que dio continuidad al régimen hasta la llegada de Adolfo Suárez.

Cultura y deporte

Los medios de comunicación, mayoritariamente en manos de empresas identificadas con el franquismo y con una fuerte presencia de prensa, radio y televisión públicas controladas por el régimen, comenzaban a registrar la competencia de profesionales formados en nuevos valores del periodismo que reivindicaban la libertad de expresión y el cambio político en artículos de opinión publicados en revistas como «Triunfo» y «Cambio 16», con frecuencia castigadas con multas y secuestros. Mientras un nuevo periodismo trataba de distanciarse del régimen haciendo equilibrios para evitar la censura, la prensa oficial promocionaba el espectáculo y el morbo con sucesos como el crimen de Los Galindos y las muertes de Aristóteles Onassis, del torero Antonio Bienvenida y del fundador del Opus Dei, Escrivá de Balaguer, que acaparaban la atención en periódicos y medios audiovisuales.

En 1975 se publicó «La verdad sobre el caso Savolta», de Eduardo Mendoza, que a pesar de las trabas de la censura indicó el camino a la novela de la transición política, dispuesta a narrar la historia reciente de España con nuevos procedimientos. En el caso de Mendoza era la Barcelona de principios del siglo XX, marcada por el enfrentamiento entre la burguesía y la clase obrera, con subgéneros como el thriller policiaco y el folletín. Un tema parecido al de ‘La gangrena’, con el que una mujer, Mercedes Salisachs, ganaba el Premio Planeta de aquel año, una novela con personajes de las distintas clases sociales de Cataluña cuyas vidas se mueven a lo largo de la II República, la Guerra Civil y la sociedad de los primeros años del franquismo. Junto a esa literatura de incipiente memoria histórica, aquel año se leían mayoritariamentelas novelas de Francisco Umbral y de Manuel Vázquez Montalbán que insinuaban también nuevos caminos. Del primero ‘Las ninfas’, premio Nadal de aquel año, sobre la iniciación al sexo de un adolescente, y sobre todo «Mortal y rosa», un relato intimista y biográfico del dolor de un hombre por la pérdida del hijo. El género policiaco español, de escasa presencia hasta entonces en nuestra literatura, encontraba su lugar gracias al ciclo de novelas de Vázquez Montalbán protagonizadas por el detective Carvalho, que llevó el género de la novela negra a un lugar preferente que ya no abandonaría.

En las carteleras de 1975 triunfaban como siempre los éxitos de Hollywood, aquel año ‘Tiburón’, de Spielberg, ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ y la segunda parte de ‘El Padrino’, Oscar a la mejor película y al mejor director, mientras en el cine español comenzaba a asomar una supuesta apertura a la que llamaban destape, promovida por directores como Mariano Ozores y títulos como ‘Los pecados de una chica casi decente’, ‘La mujer es cosa de hombres’, ‘El alegre divorciado’… junto a algunas películas de calidad castigadas por la censura: «Furtivos» de José Luis Borau, Concha de Oro en San Sebastián, ‘Pim, pam, pum… ¡fuego!’ de Pedro Olea, ‘Duerme, duerme, mi amor’ de Francisco Regueiro o ‘Los pájaros de Baden-Baden’ de Mario Camus.

En el mundo del deporte, aquel año el Real Madrid volvió a ganar la liga de fútbol y Ángel Nieto conseguía su sexto campeonato mundial de motociclismo de los 12+1 de su carrera. Agustín Tamames ganó la Vuelta Ciclista a España y otro español, Andrés Oliva, el Premio de la Montaña.

En las emisoras de radio se escuchaban aquel año las canciones de Camilo Sesto (‘Melina’), Cecilia (‘Mi querida España’), Lorenzo Santamaría (‘Para que no me olvides’) y ‘Tú volverás’, que representó a España en Eurovisión con Sergio y Estíbaliz, mientras el grupo Triana reivindicaba un nuevo flamenco matizado de rock. Amancio Prada llevaba a las listas de éxitos la poesía de Rosalía de Castro, y la canción de autor triunfaba con ‘Cómicos’ de Víctor Manuel al mismo tiempo que Pablo Guerrero anunciaba que iba a llover «A cántaros». En las discotecas se bailaba al ritmo de Abba (‘Mamma mía’), Silver Convention (‘Fly, Robin, Flay’), los Bee Gees (‘Jive Talkin’), Donna Summer (‘Love To Love You, Baby’), Queen (‘Bohemian Rapsody’) y las españoladas ‘Saca el güiski, Cheli’ de Desmadre 75 y ‘La Ramona’ de Fernando Esteso. El año despidió la música con un evento que enlazaba pasado y futuro: el día 31 de diciembre Elvis Presley batía el récord de asistencia a un concierto reuniendo a 60.500 espectadores en el Silverdrome Stadium de Pontiac, Michigan. Una buena banda sonora para cerrar un año que daba paso a otro de grandes esperanzas.

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