miércoles, 4 marzo, 2026
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Felipe González Mac-Conell, biógrafo del candidato ultra de Chile: «Kast ha entendido el valor de asociarse con Trump, Bolsonaro, Orbán, Meloni y Milei»

«(José Antonio) Kast es producto del desgaste del sistema político que lideró la transición democrática«. Lo que podía parecer inverosímil es más que factible en el Chile actual. Una de las facciones más conservadoras de ese país acaricia el poder. El hijo de un militar nazi y hermano de un importante funcionario de la última dictadura militar (1973-90) es el gran favorito del segundo turno del domingo. Felipe González Mac-Conell y Amanda Marton Ramaciotti intentaron diseccionar al candidato en Kast, la ultraderecha a la chilena. El libro traza el recorrido de un joven formado en la Unión Democrática Independiente (UDI), el partido pinochetista por excelencia, decepcionado con su blandura y dispuesto a lanzarse a una aventura personal que lo sitúa muy cerca de habitar el Palacio de La Moneda. «Quiere que su Gobierno materialice lo que la derecha tradicional no pudo canalizar«.

El joven Kast hace una publicidad a favor de Agusto Pinochet en el plebiscito de 1988. Cuatro décadas más tarde es padre de nueve hijos y es su figura la plebiscitada. ¿También el pinochetismo es sometido a una nueva valoración en estas elecciones?

El pinochetismo ha estado muy ausente en esta elección, de hecho, a diferencia de las otras dos contiendas presidenciales en la que participó. Entonces, Kast hablaba mucho de Pinochet y la dictadura. Decía que si estuviera vivo votaría por él. O sea, había una identificación explícita con la dictadura. El vínculo se mantiene y muchas personas que están en el Partido Republicano fueron colaboradores civiles directos del régimen. Kast lo ha justificado, incluso las violaciones a los derechos humanos, pero en esta campaña se abstuvo de decir las cosas por su nombre. Creo que ha entendido cuánto le costó en su campaña precedente mantener esa postura, así como no exacerbar su agenda antiprogresista.

¿Cómo se explica el ascenso de una figura de la derecha tan asociada a un pasado tan controvertido? ¿Aporta a estas alturas elementos novedosos?

La UDI, de la cual se separó en 2016, y Renovación Nacional, el otro partido de ese espacio ideológico, han caído en descrédito. Fueron parte de muchas frustraciones políticas recientes, como el segundo gobierno de Sebastián Piñera, que debió enfrentar en 2019 un estallido social. La derecha más liberal, entre comillas, también fue la que se abrió a negociar con la izquierda y el centroizquierda para abrir un proceso constitucional, que fue fallido. No pudo cumplir tampoco su promesa de mayor seguridad y menos migración. De hecho, a Piñera se lo culpa mucho porque durante su segundo gobierno aceptó que Chile recibiera a miles de venezolanos. Kast ha tenido una muy mala opinión de esas experiencias. Ha calificado a su vez las masivas protestas de seis años atrás de hechos delincuenciales y orquestados. Desde entonces él ha realizado un trabajo de hormiga en todo Chile, lo ha recorrido varias veces. Su partido se ha preocupado de estar en todas las regiones y comunas y se ha constituido en una alternativa frente a las antiguas derechas desprestigiadas. Kast es su expresión químicamente más pura.

Busca restablecer el conservadurismo cultural.

Efectivamente. Con Piñera se impulsaron leyes consensuadas como las de matrimonio igualitario, identidad de género y contra la discriminación en temas como la sexualidad y la etnia. El conservadurismo de Kast es el que defendía la UDI en su momento fundacional. Quiere que renazca el proyecto de aquel partido fundado por Jaime Guzmán, uno de los principales civiles colaboradores de la dictadura y uno de los redactores de la Constitución del 80.

La seguridad es una de sus principales banderas.

Su discurso es autoritario en ese asunto. Si en su primera campaña presidencial hablaba de la tenencia de armas, ahora habla de la participación de los militares en el mantenimiento del orden público y militarizar las fronteras. Sus propuestas, desde ya, podrían implicar ciertas tensiones democráticas. Kast ha buscado interpretar mensajes de la ultraderecha, ya sea la europea o la trumpista, y ahora últimamente la del argentino Javier Milei. Gente de su equipo me ha dicho que ellos veían cómo trataba Trump el tema de la inmigración irregular y que buscaban la forma de replicarlo en Chile. Analizaban sus campañas para adecuar el discurso, o la de Jair Bolsonaro, para apelar al voto religioso o evangélico. Y ahora busca también subirse a la onda anti-Estado que encarna Milei.

¿Cuál es el rasgo distintivo que lo define como personaje a ser biografiado?

Nunca fue un ‘outsider’. Hablamos de un animal político de la institucionalidad política. Desde la universidad que está en política, estuvo en el congreso desde principios de los 2000, fue parlamentario hasta 2016. Entonces, lo interesante es cómo él ha podido moverse dentro del sistema, siempre tensionándolo hacia la derecha, nunca negociando en sus posturas. Ha podido así anular o dejar totalmente de lado a la derecha que existía antes de él, al centroderecha y la derecha liberal, que hoy prácticamente no existe. Ha entendido a la vez la importancia de vincularse internacionalmente con movimientos ultraconservadores. Desde muy temprano empezó a viajar a la CPAC, juntarse con Bolsonaro, Viktor Orbán y recientemente con Giorgia Melloni, algo que la derecha chilena no hacía. Igual que Trump entendió de que la comunicación tenía que causar impacto, había que usar las redes sociales con una marca distinta, sin miedo a hacer el ridículo en vídeos que se hicieran virales. El ‘jingle’ es muy pegajoso, tiene mensajes cortos, eslóganes efectistas. Eso también es un rasgo muy distintivo de su proyecto.

Pero a la vez ha tratado de no tocar algunos asuntos que podrían espantar a parte del electorado. ¿Podemos hablar de una suerte de leve moderación estratégica?

Sin duda. Kast ha eludido definiciones más culturales o explayarse en sus posturas más autoritarias. Eso le sirvió especialmente en el primer turno porque había alguien mucho más radical, Johannes Kaiser, quien había salido de su partido, el Republicano. Las cosas han cambiado de cara a este domingo: ya no tiene a nadie más a su derecha. No deja de ser sin embargo curioso el hecho de que, de llegar a la presidencia, Kast espera que los partidos que respaldaron a Piñera hagan en relación con su Gobierno.

¿Cuál sería el verdadero Kast?

Lo más preocupante sería a estas alturas su falta de definiciones más claras. No ha dicho cómo llevará a cabo el gran recorte fiscal que se propone, qué programas va a eliminar. Dijo que va a expulsar a 300.000 migrantes, ¿de qué manera? Habló incluso de la imposición de un estado de sitio acotado sin explicar qué significa, por cuánto tiempo se aplicaría, qué garantías constitucionales estarían en juego. Lo único que sabe es que va a ganar.

¿Reivindicará lo actuado por Pinochet una vez despejado el camino?

Son preguntas que quedan abiertas. Hay analistas políticos que dicen que ya no correría la disyuntiva del Chile de 1988, el año del plebiscito a favor o en contra de la continuidad del dictador. La línea divisoria actual se habría dado en el rechazo en las urnas a la Constitución de 2022 en la cual se recogía el espíritu transformador que la izquierda interpretó del estallido social y que proponía reformas muy profundas al sistema económico que iban al corazón del sistema neoliberal. Se ha roto un consenso sobre el pasado porque este sería el primer presidente pinochetista desde el retorno a la democracia, obviamente. El primero que había votado por el ‘sí’ 37 años atrás. Algo que, claro, hace 20 años e incluso una década era algo impensado. Ahora, al parecer, está permitido en el debate público hablar sobre indultar a violadores de derechos humanos. Hay que decir también que eso es posible porque muchos jóvenes que siguen a Kast no saben o ni siquiera tienen una cierta identificación con la historia de antes de los años 90. No les importa. Y también votan muchos extranjeros que tampoco tienen una identificación con esa historia.

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