Santiago Abascal ha dedicado las navidades al descanso y también a la reflexión sobre el futuro político de Vox, que como ocurrió hace tres años debe tomar una decisión que a la postre puede ser crucial, la de si entra o no, y cómo, en gobiernos de coalición con el Partido Popular (PP). Un escenario que puede abrirse de nuevo en Aragón después de las elecciones autonómicas que tendrán lugar en esa comunidad el 8 de febrero y en Castilla y León cuando se celebren allí, el 15 de marzo, los mismos comicios. Y que obviamente ya está abierto desde hace semanas en Extremadura, donde la cita con las urnas del pasado 21 de diciembre dejó bien claro que Vox ha crecido exponencialmente, situándose como la tercera fuerza política detrás del PP y el PSOE. Y eso, piensan ahora en la calle Bambú, debe tener una traducción política clara en el futuro inmediato.
Antes de meterse de nuevo en el traje de campaña, con la presentación la tarde de este lunes en Teruel de los candidatos de la extrema derecha a las elecciones en Aragón, Abascal reunió por primera vez este 2026 al Comité de Acción Política de su partido. Después de las felicitaciones del año de rigor, y flotando en el ambiente el ofrecimiento que en una entrevista en OK Diario este fin de semana hizo de una coalición con la presidenta ahora en funciones de la Junta de Extremadura, María Guardiola, Abascal le dejó claro a los suyos que Vox es un partido con vocación de gobierno, y que eso explica en parte el enorme crecimiento del partido que certifica el resultado en Extremadura y que siguen avalando todas las encuestas, las últimas publicadas la misma mañana en que se producía esa reunión. Todo un cambio de paso en su relación con el PP.
Poco después de esa reunión a puerta cerrada, el portavoz nacional del partido, José Antonio Fúster, diputado en la Asamblea de Madrid, plasmó esa idea en su primera rueda de prensa del año: «Nosotros somos un partido de gobierno. Es más: los españoles nos votan… creemos que nos votan, para gobernar. Por tanto, estamos a disposición de que si hay una fuerza que ofrece gobierno, nosotros empezaremos una negociación en serio. Pero eso no lo vemos en función de los cargos, sino en función de las políticas».
Fúster, igualmente, negó que hubiera cambiado algo con respecto a la comparecencia de Abascal el mismo 22 de diciembre, veinticuatro horas después de las elecciones en Extremadura. «No ha cambiado nada», exclamó, tras haber dicho que todo estaba dispuesto para negociar con Guardiola, incluido el equipo de negociación, cuando Abascal advirtió incluso que no había equipo hecho porque puede que no fuera necesario. «Un equipo negociador lo monto yo exactamente en dos minutos», blasonó. «Cuando el señor Abascal dijo que no había equipo negociador es porque no había nada que negociar», insistió, acogiéndose a que fue Guardiola la que abrió la posibilidad de un gobierno en coalición, si bien no hizo una propuesta concreta al respecto.
Una representación «proporcional»
A partir de ahí, y como señaló Abascal en la citada entrevista, Vox reclamará una representación proporcional dentro de la nueva Junta de Extremadura y, sí o sí, con un vicepresidente (lo más probable su candidato, Óscar Fernández) con mando en plaza. Alguien que se encargaría de coordinar y ejecutar todo lo referente a las áreas que se le asignen eventualmente a Vox. Abascal hizo referencia a lo acordado en la Comunidad Valenciana el pasado 2025, primero para aprobarle los Presupuestos autonómicos a un Carlos Mazón que ya empezaba a estar en serios apuros, meses antes de su dimisión como consecuencia de sus responsabilidades políticas en la tragedia de la dana, y luego para permitir la investidura de su sustituto, Juan Francisco Pérez Llorca.
Aunque es cierto que allí sigue sin haber coalición entre ambas formaciones, en materia ideológica el mensaje al PP es claro: el rechazo al pacto verde europeo tiene que ser una de las claves del acuerdo que se firme con Guardiola, sin descuidar la oposición de Vox a las que tacha de ‘políticas de género’, siempre defendidas por la presidenta extremeña, incluso como una de sus grandes banderas para diferenciarse de la extrema derecha.
Al margen de todas estas razones, en Vox son conscientes de que en el caso de no entrar en un gobierno las opciones no son mucho mejores -salvo la de una repetición electoral, que podría no pasarle factura por su dulce momento demoscópico- pero que no dejaría de entrañar un riesgo. Incluso porque casi les abocaría a entregar una abstención para permitir otro gabinete monocolor de Guardiola y el PP. Fúster no pudo reprimir un amago de carcajada cuando se le planteó esa opción en la rueda de prensa, que parece por tanto totalmente descartada.
Existe además un factor de confianza personal en Óscar Fernández, un dirigente cuyo talante se valora en Vox como para entrar en un Gobierno y que las cosas funcionen razonablemente en el seno de la coalición, pese al indiscutible antagonismo con Guardiola. E incluso hay un influjo innegable de la situación que ocupa Vox como fuerza política en el mundo. El partido aliado de varios de los líderes que gobiernan importantes países, como Giorgia Meloni en Italia, Viktor Orbán en Hungría y, por supuesto, Donald Trump, no parece que pueda despreciar de buenas a primeras, piensan en Bambú, la posibilidad de ser protagonista de nuevo en gobiernos regionales de la cuarta economía de la Unión Europea (UE) y, llegado el caso, en el Gobierno central de la misma.
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