martes, 13 enero, 2026
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No puede ser la seguridad, estúpido

Estados Unidos acelera a fondo con el tema Groenlandia, aunque hay que ver si tiene una ruta adecuada o si se comerá la primera curva que encuentre. Este lunes 12 de enero, la oficina de la Casa Blanca publicó una provocación que mostraba a Donald Trump mirando por la ventana un mapa de Groenlandia. El mismo día, el congresista republicano Randy Fine presentaba un proyecto de ley sobre la anexión y concesión del estatus de estado a Groenlandia por parte de Estados Unidos.

El propio Fine anunciaba así su hazaña por la red X: «¡Grandes noticias! Hoy me enorgullece presentar la Ley de Anexión y estado de Groenlandia, un proyecto de ley que permite al presidente encontrar los medios necesarios para incorporar Groenlandia a la Unión». En su argumentación, el proyecto dice: «Busca garantizar los intereses estratégicos de seguridad nacional en el Ártico, así como contrarrestar las crecientes amenazas que plantean China y Rusia… Tomar las medidas necesarias para anexionar o adquirir Groenlandia como territorio de Estados Unidos. Groenlandia no es un lugar lejano que podamos ignorar, es un activo vital para la seguridad nacional, quién controle este territorio, no solo tiene el control sobre las rutas marítimas clave del Ártico, sino sobre la estructura de seguridad que protege a Estados Unidos».

Pelearse con todos al mismo tiempo

Esto sucede a 10 días de haber atacado Venezuela y secuestrado al presidente Nicolás Maduro. Esa forma no gustó ni siquiera a la oposición venezolana. Mucho menos el subsiguiente menoscabo a su líder, María Corina Machado. Luego amenazó a Colombia, México, Cuba e Irán.

Hasta ahí, nada de eso es justificable, pero sí podría ser predecible, desde las políticas imperialistas comunes de Estados Unidos. Pero ya amenazar y pelearse con aliados, suena al menos extraño. Esta actitud con Groenlandia ofende a varios actores cercanos a Washington.

En primer lugar, ofende a los habitantes de Groenlandia, que han respondido unánimemente que no quieren ser estadounidenses.

En segundo lugar, ofende a Dinamarca, de quien depende Groenlandia. Su gobierno ha respondido también rechazando de plano toda posibilidad de negociar la soberanía. Sobre todo, ofende a un aliado que ha mostrado su lealtad (podríamos decir su vasallaje) a Washington. Recordemos la participación de Dinamarca en las intervenciones de la OTAN en Bosnia, Kosovo, Afganistán, Irak y Libia. Hay películas danesas que muestran los traumas de esa sociedad por haber participado de operaciones tan controvertidas. Una de ellas es A War (2015), de Tobias Lindholm, nominada al Oscar, que se enfoca en las decisiones morales y las consecuencias legales de esa guerra en Afganistán, explorando el rol de los soldados daneses en la provincia de Kandahar. Otra producción clave es el documental Armadillo (2010), de Janus Metz Pedersen, que sigue de cerca a una compañía en la línea de fuego, mostrando la cruda realidad para el ejército danés en la provincia afgana de Helmand.

En tercer lugar, ofende también a los puertorriqueños, sobre todo a aquellos que votan por la «estadidad», es decir, por ser el estado número 51 de Estados Unidos. Es una vieja promesa de varios presidentes estadounidenses, nunca cumplida. Puerto Rico sigue siendo una colonia, bajo el eufemismo de Estado Libre Asociado, mientras que a Groenlandia le prometen estadidad.

Por las buenas, no se puede

Trum lo dijo con todas las letras: «Lo haremos por las buenas o por las malas». El tema es que «por las buenas» no se puede, y la burocracia estatal estadounidense debería saberlo.

Simplemente Dinamarca no se la puede vender, tampoco Groenlandia podría aceptar nada, aunque quisieran. Esto es así porque Groenlandia tiene un Estatuto de autonomía con derecho de autodeterminación desde 2009, en el que está marcado cómo debería ser el proceso: primero una negociación con Dinamarca, luego un referendo de autodeterminación y, en caso de ganar la opción independentista, luego la aprobación por los dos Parlamentos. Eso llevaría unos años.

Pero hay otro tema, y es la inviabilidad de una independencia a corto plazo. Hoy por hoy, la mitad del presupuesto de la isla lo pone Dinamarca. A pesar de que Groenlandia hace 16 años que podría asumir más competencias propias, no lo ha hecho, simplemente porque no puede, no tiene capacidad económica. Quitado la pesca y algo de turismo, no hay más. Son 57.000 personas en más de dos millones de kilómetros cuadrados, el 80% cubierto permanentemente de hielo. Es inviable que ese territorio pueda ser independiente a medio plazo.

Si estuvieran todos los actores de acuerdo, serían muchos temas, legales, políticos y económicos, por resolver, y resolverlos llevarían varios años, antes de logar un traspaso «por las buenas» a Estados Unidos. No son los tiempos de Trump.

Por las malas

Queda entonces la opción «por las malas», que está sobre el escritorio del Salón Oval. Pero eso significaría la ruptura de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte). Y aunque en el último año, Trump se ha encargado de menospreciarla, todavía la necesita. Es cierto que, desde el punto de vista militar, los ejércitos europeos se han relegado respecto a eventuales enemigos como Rusia, China o Irán, pero también es cierto que el territorio y la geoestrategia siguen siendo importantes.

Si para Washington Groenlandia es importante como «colchón» previendo una disputa con Rusia o China, debería seguir siendo importante Europa, aunque fuera también como «colchón».

Por lo tanto, todo nos lleva a aquella famosa frase de Bill Clinton en la campaña electoral de 1992: «Es la economía, estúpido». Y si no es la seguridad, por lo dicho en el párrafo anterior, es la economía. O son las tierras raras de Groenlandia, o es un plan más ambicioso que no conocemos, pero que incluye necesariamente poner de rodillas a Europa.

Sea como sea, pelearse con todos al mismo tiempo, incluyendo a los propios aliados, nunca ha sido una buena estrategia. La historia lo demuestra. El problema se da cuando las decisiones las toman personas que no saben de historia, o la menosprecian.

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