La familia no se rompe siempre por grandes tragedias; a veces se deshilacha como una tela vieja, por roce continuo, por falta de cuidado, por la prisa convertida en costumbre. La casa -que fue refugio- se ha vuelto estación de paso: entramos, salimos, cumplimos, y entre un trámite y otro dejamos caer unas palabras rápidas, como monedas menudas, sin el peso de una conversación que permanezca. Vivimos juntos, pero no convivimos; compartimos techo, pero no tiempo.
Antes el hogar tenía liturgia: la mesa, el relato del día, el silencio compartido, la paciencia de escuchar sin interrumpir. Hoy la mesa es un aparcamiento de platos y pantallas; cada uno mastica mirando su pequeño altar luminoso, rindiendo culto a lo urgente. Montaigne advertía que «la palabra es mitad de quien la dice y mitad de quien la escucha»; pero ¿quién escucha ya, si cada frase compite con un vídeo, un mensaje, un zumbido? La conversación lenta exige un lujo que hemos declarado innecesario: atención.
La prisa, que parecía herramienta, se nos ha vuelto dueño. Y el hogar, en vez de ser escuela de humanidad, se convierte en logística: horarios, recados, reuniones, actividades, «cosas que hacer». De tanto optimizar la vida, la hemos vaciado. Chesterton -que sabía ver lo extraordinario en lo doméstico- defendía que el verdadero drama del mundo ocurre en la sala de estar; pero nosotros hemos expulsado el drama, el cuento y la confidencia para instalar una programación continua que no deja lugar al misterio del otro. Y cuando no hay misterio, hay consumo: se usa la presencia como se usa un objeto.
Simone Weil escribió que «la atención es la forma más rara y más pura de generosidad». En el hogar actual esa generosidad escasea: no por maldad, sino por dispersión. Estamos en todas partes y, por eso mismo, no estamos en ninguna. Los hijos aprenden pronto que para obtener una mirada deben competir con una pantalla; los adultos descubren, demasiado tarde, que la intimidad se marchita si no se riega con tiempo. Y el tiempo -ese pan cotidiano del cariño- se ha vuelto el bien más saqueado.
Lo trágico es que confundimos amor con convivencia mecánica: creemos que querer consiste en sostener el engranaje funcionando. Pero amar también es demorarse, dejar que el otro despliegue su historia sin miedo a aburrir. Cuando la conversación desaparece, el hogar se llena de malentendidos, y los malentendidos, como humedad invisible, acaban pudriendo lo que parecía sólido.
Tal vez la resistencia sea humilde: recuperar un rito mínimo. Un móvil lejos de la mesa. Una pregunta que no sea trámite. Un silencio sin prisa. Volver a hablar no para informar, sino para encontrarse. Porque el hogar no se salva con grandes discursos, sino con ese milagro pequeño -tan antiguo y tan difícil- de sentarse y escuchar. Y en esa lentitud, que hoy parece subversiva, la familia vuelve a ser lo que era: un lugar donde el alma descansa.
*Mediador y escritor
