Una sociedad en la que tienes que andar recordando permanentemente al personal la existencia, necesidad y vigencia de la presunción de inocencia, es una sociedad fallida, es una sociedad deshecha, ya es una sociedad podrida o en alto grado de descomposición. Me gusta Julio Iglesias, me gustan sus canciones Me olvidé de vivir y La carretera, y también Soy un truhan, soy un señor, porque amo la vida y amo el amor. También voy a saco desde el hachazo de posibilidad y, si se demuestra que son ciertas las acusaciones contra él en la investigación de eldiario.es, se acabó para mí Julio Iglesias. Seguiré, claro, amando la vida y el amor a mi manera, igual que lo hago ahora, con otras músicas de fondo: porque Sinatra, otro varón heteropatriarcal y seductor en la edad espumosa del Hollywood dorado, afortunadamente, siempre seguirá ahí, si otro tsunami de cancelación no se lo lleva por delante. Si se demuestra que Julio Iglesias es culpable, aunque las canciones y su voz -que no canta, pero encanta-, permanezcan ahí, lo más probable es que deje de escucharlo. No es que eso importe mucho a su legado, pero lo significará para mí. Aunque todo eso, amigos, amigas, amigues, amiguetis y demás seres vivos de la pradera, sólo si se demuestra la culpabilidad de Julio Iglesias.
La presunción de inocencia, el principio de legalidad y el sometimiento a los tribunales, es lo que nos separa de la justicia privada. Cada vez que se condena a alguien, sólo porque una presunta víctima lo acusa, se le está linchando civilmente: es igual que una turba que saca al detenido de la cárcel del sheriff y lo lleva a colgarlo del pajar. Porque en España existe la presunción de inocencia, cada vez que ETA ha asesinado a alguien, los familiares de las víctimas, o de los asesinados, o de los niños muertos, no han ido a una herriko taberna de HB a prenderle fuego, aunque sus parroquianos, en línea general y como mínimo, fueran sospechosos de justificar y jalear los atentados. Gracias a que en este país existe la presunción de inocencia, José Luis Rodríguez Zapatero puede seguir paseando por la calle, cuando varias víctimas de la dictadura venezolana afirman que ha sido cómplice de esa dictadura que asesina y mata a los disidentes, seguramente más que la franquista, por poner un ejemplo que nos toca de cerca y siempre está de actualidad.
Mientras no se demuestre su culpabilidad, no hay víctimas, sino acusadoras. Si se prueba, mi total solidaridad con ellas. Pero que varios representantes públicos -es decir, sus garantes- vulneren groseramente la presunción de inocencia, es otro espejo de nuestra corrupción moral. Si es culpable, que pene. Pero si no lo es, quién le devuelve su propio honor robado.
*Escritor
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