lunes, 19 enero, 2026
InicioSociedadEl hueco que dejaste

El hueco que dejaste

Pensaba que todavía, y eso que han transcurrido 29 años, no estaba preparada para escribirte estas líneas que no son una despedida, porque no se dice adiós a quien sigue contigo aunque ya no esté. Eso creía, que no sería capaz de encontrar las palabras, nunca suficientes ni adecuadas, para contarte todo lo que me ha sucedido en este tiempo, mi vida sin ti. Supongo que no soy tan valiente y me refugiaba en la cobardía, que a veces se disfraza de un injustificable pero cómodo desasosiego, para no enfrentarme a la culpabilidad que me provoca saber que durante estas casi tres décadas he sido feliz, he vivido momentos bonitos, algunos preciosos, adjetivo que eleva un peldaño la belleza, y, pese a tu demoledora ausencia, herida que no consigo cicatrizar, sigue abierta, he conocido a gente maravillosa que aquí sigue, a mi lado. Pero esta semana hubieras cumplido 70 años y esa cifra, esa fecha, ha provocado un seísmo inesperado, no contaba con él, no me lo esperaba, en esa realidad cotidiana que yo trato de controlar, infatigable, aun sabiendo que es imposible. Tras el terremoto de ese día -ni siquiera fui capaz de contener el llanto por la calle, disimularlo, con la vergüenza que me provoca, me siento débil, señalada-, llegaron réplicas que se fueron manifestando en un desolador estado de ánimo. Hasta que una amiga que tiene la capacidad de mantenerme con vida, lograr que siga respirando a mi pesar, me dijo no puedes seguir así, chata, va a terminar dándote un infarto, y yo me vi respondiendo, como si fuera otra quien hablara, pues a lo mejor es lo que me hace falta, que me pase eso, a lo que ella solo pudo contestar con un temeroso qué quieres decir. Estaba en el andén de una estación de metro, esperando el tren al que debía subirme para volver a casa, y sentí miedo de mí misma, me aterré. No era la primera vez que me pasaba, he desconfiado de mis propios actos antes, pero no con esa lucidez, rayana en la certeza de que podía llegar a hacer algo, dar ese fatídico paso. Colgué a mi amiga, nada, no quiero decir nada, déjalo, y me subí al vagón. Qué estúpida eres, Inés, qué ingrata y egoísta, pensé entonces. Aquel momento fue un punto de inflexión para mí que ha terminado derivando en este texto, motivado por esas personas maravillosas a las que he mencionado antes, amigos como el que me mandó hace unos días este poema escrito por él: «Observo cada hueco que dejaron / aquellos que perdí. / Toda ausencia se queda, permanece. / Crezco a su alrededor / lo mismo que una hiedra / trepando en el vacío». Pese al hueco que dejaste, tu muerte, tan temprana, lo pronto que te fuiste, he sido feliz, he trepado cual hiedra por ese vacío que he ido llenando con el amor que he recibido, que me han dado, a cambio de nada, ni siquiera de reciprocidad, quienes me han traído hasta aquí, sin los que yo no estaría ni sería. Y es por ellos, no solo por mí, ni por ti, por tu recuerdo, ese qué diría tu madre, qué pensaría ella al verte así, tan desolada, abatida y triste, por los que no puedo dejar de ser ni de estar. Porque sí, he sido feliz sin ti, y la mera posibilidad de volver a aspirar a ese efímero estado, tan fugaz, un día, un instante, que llegue y yo lo sienta, es un motivo más que suficiente para seguir subiéndome a ese vagón de metro a diario.

*Periodista y escritora

Más Noticias