Soy de la generación de cristal. Esa que se queja por tonterías como no poder ni siquiera plantearse acceder a una vivienda, y que termina viviendo en casa de sus padres o con cinco desconocidos en un piso de cincuenta metros cuadrados.
La generación a la que le recuerdan que la natalidad está bajando mientras nos ofrecen trabajos precarios que no cubren nuestras necesidades básicas.
A quienes les dijeron «estudia, para tener un futuro mejor» y nos encontramos con tres carreras, dos másteres y cuarenta títulos cogiendo polvo en el cajón de nuestro armario, mientras nos rechazan ofertas por no tener experiencia.
La que se ve obligada a alejarse de sus raíces e irse a otros país en busca de un futuro mejor. Aunque sea limpiando habitaciones en un hotel de Suiza, porque eso da más estabilidad que trabajar aquí «de lo tuyo».
Nos llaman de cristal por luchar por un sistema público que reconozca y priorice la salud mental. Somos los «ofendiditos» que se preocupan por la igualdad real, por rechazar bromas que perpetúan exclusión y desigualdad. Los que hemos sido educados en la autoexigencia y la hiperproductividad y cuando logramos algo, no lo celebramos, porque ya estamos pensando en el siguiente objetivo.
Si opositas, eres un vago. Si emprendes y te va mal, te metiste «en la boca del lobo». Si estás desempleada, debes escuchar cómo otros dicen que «qué bien se vive sin dar un palo al agua». Si eres asalariada debes aguantar que te exploten, mientras te recuerdan que «tienes que aguantar, porque por algo hay que empezar».
Decides no tener pareja y te llaman raro. Te casas y escuchas: «Se te acabó la fiesta». Quieres ser madre y te tildan de conformista; decides no serlo y eres una egoísta que solo piensas en ti.
Cada elección parece juzgada por reglas que nunca se aplicaron a quienes vinieron antes, mientras se nos exige adaptarnos a todo sin cuestionarlo.
Al mismo tiempo, nos observo y veo cómo en lugar de vivir, sobrevivimos. Vamos rápido, sin saber a dónde nos dirigimos, pero siempre con la sensación de que llegamos tarde.
Y es que con parches individuales no se arreglan problemas colectivos. No se trata de aprender a «gestionar la frustración», ni de ir a terapia para lidiar con una ansiedad que nos consume. Tampoco es cuestión de esfuerzo personal, sino de inversión pública. Se trata de que el Estado nos garantice derechos básicos y empiece a tratarnos como una sociedad que merece ser protegida. Porque mientras sigan lavándose las manos seguirán ignorando la realidad: que este cristal que tanto les molesta no es nuestra fragilidad sino el reflejo de un sistema que hace tiempo está en ruinas.
