martes, 29 septiembre, 2026
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Villa Carlos Paz presentó la Tercera Feria Internacional del Libro y el ensayo ‘La ciudad que sabe’ de Esteban Avilés

En el marco de la trigésima Feria Internacional de Turismo de Latinoamérica en Buenos Aires, la ciudad presentó su próxima feria del libro y el intendente Esteban Avilés difundió su ensayo sobre identidad, gestión comunitaria y turismo de pertenencia.

En el marco de la trigésima Feria Internacional de Turismo de Latinoamérica (FIT) en Buenos Aires, la ciudad de Villa Carlos Paz estuvo presente con un stand que fue visitado por miles de concurrentes. El sábado 26, el equipo de la Secretaría de Turismo y Deportes, y su dirección de Cultura, presentaron a la prensa la próxima Tercera Feria Internacional del Libro de la ciudad, que se realizará entre los días 15 y 18 de octubre.

El acto de presentación fue abierto por el escritor Pedro Jorge Solans, mentor de la feria y de otros proyectos culturales como los Bosques de la Poesía. Durante la jornada, los visitantes del stand pudieron ver pantallas gigantes con imágenes del Dique San Roque y presenciar la presencia del actor Víctor Laplace, quien recibió un diploma de honor entregado por el intendente Esteban Avilés por sus años de aporte teatral.

También estuvieron en la mesa presentadora el gestor cultural de C.A.B.A. Norberto Barleand, escritor premiado por sus libros de poemas y autor de un ensayo sobre el tango; y el poeta Miroslav Scheuba. El actor, el gestor cultural y el poeta participarán del evento cultural que traerá invitados internacionales.

En el mismo marco, el intendente Avilés presentó su última publicación, La ciudad que sabe, un ensayo editado por CORPRENS. El libro está desarrollado sobre tres ejes temáticos: la identidad carlospacense, la gestión comunitaria y el turismo de pertenencia.

En el primer eje, el texto afirma: «La identidad no es sello: se hace y rehace en la memoria compartida en el tejido institucional, en los oficios y en la manera de habitar el paisaje». Más adelante, se lee: «Toda ciudad es, en su fuero íntimo, definida por una superposición de narrativas invisibles: las crónicas oficiales, los mitos populares y, de forma preponderante, la mirada externa que, a fuerza de repetirse, amenaza con convertirse en destino». El autor agrega: «Este trabajo emprende, por tanto, una suerte de arqueología para desenterrar el código genético de una conciencia local. Se propone demostrar que, lejos de ser un vacío ideológico llenado por el pragmatismo comercial, la comunidad carlospacense ha forjado un sistema de valores, una jerarquía de significados y un conjunto de prácticas sociales que constituyen una ideología vernácula y resiliente».

En el segundo eje, sobre gestión comunitaria, el ensayo sostiene: «La ciudad ha conquistado la gramática de su propia enunciación, un lenguaje que se articula sin disfraces ni distracciones, se narra una verdad simple y profunda: la de una comunidad que defiende su paisaje como un texto sagrado, que organiza su vida común con el rigor de un pacto fundacional y que, llegado el momento, abre sus puertas con la dignidad de quien tiene la casa ordenada. En este acto reside la quintaesencia de un saber—hacer colectivo, un conjunto evolutivo de rasgos y memorias que destilan un sentido de pertenencia tan único como el aire serrano que se respira».

El tercer eje, titulado Identidad carlospacense, incluye un capítulo previo donde se subraya un cambio de paradigma: «Ideología por identidad, turismo por pertenencia». El texto dice: «En Carlos Paz confluyen voces de todas la provincias y migraciones que trajeron oficios y costumbres; una tonada neutra volvió natural la hospitalidad. La ciudad creció resolviendo problemas concretos: alojar, programar, sostener un sistema de salud atento a picos de cantidad de visitantes, organizar temporadas sin descuidar el invierno. Ese hacer moldeó una cultura emprendedora: gestionar flujos de visitantes sin perder el trato humano, armar grandes eventos sin abandonar la vereda».

En el Anexo 1, el libro menciona cuatro hechos esenciales del pasado preformativo de la sociedad actual: la inauguración del canal de riego por Carlos Nicandro Paz, el camino de las Altas Cumbres, la construcción del dique San Roque y la expresión sociocultural de los vecinos a mediados del siglo XX, La Troupe de Los Calaveras. Sobre esta última, Avilés escribe: «La historia de “La Troupe de Los Calaveras”, empezó entre sus vecinos. No llegó una compañía a vender espectáculo: la comunidad se puso bajo los focos y se contó a sí misma. El Cine Yolanda funcionó como plaza techada y el aplauso empezó a circular como capital social. El reparto borró la frontera entre “artista” y “público”. Media platea reconocía a quienes actuaban: la maestra, el mecánico, la hija del club, el primo del barrio. Esa cercanía armó una red transversal: telas prestadas, escenografías a pulso, luces donadas, permisos gestionados. La obra siguió fuera de escena en forma de colaboración y confianza: el arte como constructor de comunidad. Los guiones respiraban vida diaria —precio del pan, costanera, cortes de luz, baile del sábado, turista desorientado—. La risa operó como crítica amable (léase “crítica constructiva”): nombró tensiones sin quebrar vínculos, bajó dramatismos, ensayó acuerdo. El escenario funcionó como foto y la comunidad se entrenó en escucharse. Muchas funciones fueron a beneficios de escuelas e instituciones: pizarrones, pelotas, libros, arreglos. El circuito fue claro: el pueblo sostenía el espectáculo y el espectáculo devolvía al pueblo. La cultura cuida. Con el tiempo, la Troupe fijó modos de hablar y mirar: humor popular —pícaro y directo— sin chabacanerías, una entonación que todavía reconocemos. No sólo representó un carácter: lo produjo noche tras noche. La convocatoria fue abierta: en lugar de canon, disciplina de ensayo. El efecto doble perdura: ascenso simbólico —personas que descubrieron capacidades— y autoestima colectiva —si un pueblo puede hacer teatro, puede hacer otras cosas—. La escena se volvió escuela de ciudadanía».

Otro capítulo, titulado El Deporte, la Cultura y su evolución, señala que los clubes deportivos y las organizaciones culturales de la ciudad han sido protagonistas desde el comienzo de su historia. El texto afirma: «Clubes sociales, junto a las organizaciones y academias culturales de la ciudad, tienen gran compromiso con la recreación, contención y formación de jóvenes y adultos». Y agrega: «Una comunidad que posee Deporte y Cultura como estructura cívica, no se enciende sólo en verano, porque si no sería una comunidad con un alma intermitente, condenada a una ciclotimia existencias. Su bullicio estival ocultaría un vacío invernal que, lentamente, la apagaría por dentro».

El ensayo también menciona los símbolos de la ciudad: la flor y la bandera. Desde 1993, la ciudad cuenta con su flor, la Caesalpina gilliesii, conocida popularmente como Lagaña de perro, Barba de chivo, Disciplina de monjas, Barba de viejo, Espina de amor o Plumerillo de oro. Sobre la bandera, el libro dice: «fue concebida para destilar la esencia de una ciudad que es, a la vez, refugio telúrico y ágora cosmopolita. Su diseño es una declaración poética que medita sobre la identidad. Su franja superior, de un celeste que evoca el firmamento, no sólo ancla a la ciudad en su pertenencia nacional, sino que articula, como diría el filósofo Gastón Bachelard, “una poética del espacio aéreo”, celebrando esa inmensidad abierta que acoge por igual a residentes y turistas. Una franja blanca central se despliega para simbolizar la unidad y la solidaridad que cimentan la convivencia. La composición culmina en una vibrante franja amarilla, un tributo al sol que más allá de la alegría, representa la luz como conocimiento y la energía como potencia creadora».

El libro cierra con un decálogo titulado Diez líneas para un manifiesto: 1. No somos un producto; somos una comunidad con identidad. 2. El paisaje es ley: límite que habilita. 3. La plaza es la casa sin techo: se decide y se cuida. 4. La juventud no espera turno: delibera y ejecuta. 5. La economía derrama cuando compra cerca. 6. La salud no empieza en la guardia: empieza en el barrio. 7. La cultura no se estacionaliza: se respira todo el año. 8. La norma sin hábito es papel; el hábito sin norma es azar. 9. La transparencia no es propaganda: es confianza. 10. El turista es bienvenido cuando la ciudad se reconoce en su propia vida.

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