sábado, 25 julio, 2026
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La batalla de los culturetas

Se habla mucho de batalla cultural, como si estuviéramos ante un conflicto armado y heroico entre disidentes y poder; como si la pluma fuera un arma. Pero quizá la escena sea menos épica, más cínica, y menos bohemia. Tal vez la llamada batalla cultural no sea una guerra contra el poder, sino una rivalidad por los recursos y solo entre culturetas.

Los culturetas -esa mezcla de intelectual mediático, creador de opinión y gestor simbólico- compiten por visibilidad, premios, subvenciones, festivales, espacios en medios y reconocimiento institucional. La batalla no es por transformar el mundo, sino por ocupar el centro del escenario donde el mundo se interpreta. Y ese escenario está financiado, regulado y jerarquizado por las mismas estructuras de poder que dicen cuestionar.

El poder con esto hace su agosto, sin duda. Necesita una cultura domesticada y una disidencia administrada. La batalla cultural funciona como mecanismo de compensación simbólica: se concede prestigio, visibilidad y capital cultural a quienes discuten dentro de los límites aceptables. Quien cruza esos límites deja de ser cultureta para convertirse en excéntrico, marginal o peligroso.

En este teatro, el conflicto entre bandos ideológicos es útil. Derecha cultural, izquierda cultural, posmodernos, tradicionalistas: todos luchan por hegemonía simbólica mientras el marco estructural permanece intacto. El poder no necesita ganar la batalla; le basta con organizarla. La rivalidad mantiene ocupados a los actores, produce contenido, genera polémica rentable y legitima la ilusión de pluralismo. Así el cultureta exitoso no es el que destruye el sistema, sino el que lo critica de forma que el sistema pueda metabolizarlo. La crítica se convierte en producto, en trending topic y el disidente se vuelve marca. Pero raros e impopulares, no necesita la cultura. El poder no busca demoledores, ni rompedores, y mucho menos un mecanismo de contracultura real. Estos son expulsados a los márgenes muy rápidamente.

De esa manera la batalla de los culturetas es un mercado de oferta y demanda llena de depredadores, hipocresía y falsa modestia. Y mientras tanto todos discutimos quién domina el relato o la novela, o quien ha inventado una nueva forma de contar historias. Y no nos damos cuenta que en el fondo solo queremos ser el protagonista, pero además que los demás no lo sean. O eso creo.

*Doctor en Filosofía y profesor de la UNED

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