jueves, 19 marzo, 2026
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‘Las manos que cosen’, el homenaje a las modistas de Balenciaga: «Lo que aprendíamos en la Maison no se enseñaba en otro sitio»

Durante décadas, la historia de la moda se escribió desde los nombres propios. Sobre todo masculinos. Pero en las casas de Cristóbal Balenciaga, tanto en España como en Francia, fueron miles de mujeres -modistas, aprendices, planchadoras, maniquís, probadoras y vendedoras- quienes, puntada a puntada, sostuvieron el prestigio de la Maison. El documental y la instalación ‘Las manos que cosen’, presentados en el festival internacional de cine y moda Moritz Feed Doc, recuperan ahora esa memoria invisible y la sitúan, por fin, en el centro del relato.

«La aportación al mundo de la moda de Cristóbal Balenciaga no hubiera sido posible sin el trabajo de sus trabajadoras», afirma Igor Uria, director de colecciones del Museo Cristóbal Balenciaga y responsable del proyecto. No es una frase retórica: cuando la casa cerró en 1968, más de 2.000 personas formaban parte de su estructura. Un entramado humano que, durante décadas, quedó fuera del foco y que hoy empieza a reconstruirse a través de nombres, archivos y testimonios.

El proyecto, que combina investigación, archivo audiovisual y creación artística, se adentra en ese universo silencioso que hizo posible la excelencia del Maestro de la alta costura. «Cristóbal Balenciaga se consideraba parte del equipo, conservando la invisibilidad que le permitía mantenerse detrás de la cortina», explica Uria. Y, en ese juego de discreciones, quienes cosían también quedaron relegadas a un segundo plano.

Uno de los talleres de la maison Balenciaga. / LAS MANOS QUE COSEN / MUSEO CRISTÓBAL BALENCIAGA

Dimensión emocional

La investigación ha permitido reconstruir tanto la estructura como la dimensión emocional de la casa. «Se han recopilado nombres, cargos, fotografías, cartas, herramientas de trabajo y testimonios audiovisuales», detalla. Pero más allá del archivo, lo que emerge es una memoria compartida: «Todas le recuerdan con gran cariño y admiración, destacan su exigencia y se sienten orgullosas de haber formado parte de esa empresa«.

Ese orgullo estaba ligado a una cultura del oficio exigente, transmitida dentro de los propios talleres. Muchas empezaban siendo niñas, como «chiquitas», y ascendían con los años. «Lo que aprendíamos en la Maison no se enseñaba en otro sitio», recuerdan. Un aprendizaje basado en la práctica, la observación y la repetición, donde cada mano encontraba su lugar dentro de una maquinaria perfectamente engrasada.

La instalación ‘Las manos que cosen’, en la Casa Capell, Barcelona. / Zowy Voeten / EPC

En los talleres, tanto en España como en Francia, la organización era rigurosa. Desde las jefas de taller hasta las aprendices, cada rol respondía a una jerarquía clara y a unos estándares de calidad innegociables. A su alrededor, otras figuras completaban el ecosistema: las maniquís, «concebidas para resaltar únicamente las cualidades de cada creación; mujeres elegantes, pero no necesariamente bellas», o las vendedoras, «mujeres formadas, con talento de discreta persuasión», encargadas de guiar a las clientas en un proceso artesanal y minucioso.

Oficio en extinción

Capturar ese mundo en imágenes era uno de los grandes retos del documental. «Filmar la memoria de un oficio que está desapareciendo implica, antes que nada, escuchar con mucha atención», explica la realizadora Itxaso Díaz. Porque la memoria no solo se narra: también se expresa en los gestos, en las pausas, en la manera de recordar. «Está en las manos, en cómo describen los procesos, en los detalles», resume.

Lejos de un enfoque puramente histórico, la película busca activar la emoción. «No queríamos hacer únicamente un registro, sino generar un espacio de conversación», señala Díaz. Para ello, las entrevistas se apoyan en materiales de archivo que funcionan como detonantes: «Ahí es donde el testimonio deja de ser solo historia y se convierte en memoria viva».

Detalle de las fotos de modistas en la instalación sobre Balenciaga. / Zowy Voeten / EPC

Esa dimensión sensorial se prolonga en la instalación de Susana Blasco, que acompaña el proyecto como una experiencia física, en la Casa Capell de Barcelona. «Se constituye como un ‘collage’ coral con telas transparentes y documentos de archivo que invitan a transitar la memoria», explica. El visitante atraviesa capas de imágenes, textos y fragmentos que se superponen, como recuerdos que aparecen y se desvanecen.

El gesto de las manos -repetido, ampliado, fragmentado- se convierte en el hilo conductor. «La mirada fluye atravesando capas de memoria, recuerdos fragmentarios y volátiles», añade la artista. Un recurso que, además, dialoga con la propia historia de la Maison: esas cortinas tras las que trabajaban las modistas y que ahora, simbólicamente, se descorren.

Moda, tiempo y precisión

Mirar hacia esas manos es también una forma de cuestionar el presente. En una industria dominada por la velocidad, el proyecto reivindica otro ritmo. «La moda, antes que rapidez, es conocimiento, tiempo y precisión», subraya Uria. Frente a la producción masiva, aquellas trabajadoras representan una forma de hacer donde cada gesto tenía sentido.

‘Las manos que cosen’, una instalación dentro del programa del festival Moritz Feed Doc. / Zowy Voeten / EPC

«Esas manos no solo cosían telas, sino que modelaban volúmenes, equilibraban proporciones y daban forma a una visión estética», añade. Un saber hacer que hoy se reconoce como parte fundamental del legado de Balenciaga y, más ampliamente, como patrimonio cultural.

Porque, en el fondo, ‘Las manos que cosen’ no solo recupera una historia: la completa. «La recuperación de este patrimonio inmaterial es fundamental para dimensionar la labor de Balenciaga desde la perspectiva de sus colaboradores», concluye Uria.

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